martes, 4 de abril de 2017

De vuelto a la tierra

De vuelta a la tierra

Creo que este podría ser el final. Para nosotros, al menos. Humanos, y todo lo que hemos logrado.
Se me ha dado suficiente tiempo para pensar en ello desde la última vez que vi el sol. No es el fin del mundo, pero sí de nosotros. Supongo que comenzó hace casi un mes, aunque puede ser más, solo tengo los relojes esparcidos alrededor de la casa para hacer suposiciones, y han estado fluctuando en la hora que marcan desde hace un tiempo. En fin, me desvío del punto. Salió en las noticias: un crucero se hundió por ninguna razón aparente. No estaba dañado, solo fue cayendo directo hasta abajo. De ahí en adelante, se volvió un fenómeno; todo en el agua se estaba hundiendo. Plataformas petroleras desaparecidas, personas bañando en el mar siendo arrastradas hasta el abismo. Nadie parecía ser capaz de explicar la causa. Era bizarro, ya nada flotaba… Esto saturó las noticias por un par de días hasta que simplemente se volvió amenazador.
Fue durante un reportaje que cambió para peor. La emisión tomaba lugar en una playa, un reportaje en directo sobre los extraños eventos. Estaban reciclando las mismas preguntas que nos hemos hecho desde que todo comenzó, cuando el pánico pareció invadir la expresión de la reportera. Gritó en lo que la cámara se inclinaba para abajo: sus pies estaban hundidos en la arena hasta la espinilla. Recuerdo pensar, incrédulo, que nos estaban jugando una broma pesada, hasta que la cámara cayó al suelo. Los siguientes diez y tantos segundos mostraron no solo a la reportera hundiéndose en la arena, sino a todos. El equipo entero del noticiero que había ido a cubrir la historia. La toma de terror, gritos y personas hundiéndose acabó tan pronto como la cámara fue engullida por la arena.
Se siguió tratando el tema después de eso, pero no había mucho que decir. Algunos culparon a los sumideros por lo que pasó en la playa, mientras que otros argumentaban contra esta teoría desde la seguridad de su estudio. Pero ya no tenía sentido escucharlos. Era más fácil asomarse por la ventana. Las calles estaban desoladas. Todos temían ir afuera y se quedaban dentro de sus hogares. Los caminos y el pavimento eran absorbidos por grama y tierra. Señales de tránsito y semáforos siendo consumidos por las plantas. Casas también.
Algunos trataron de huir, saltando de techo en techo, buscando terrenos más altos; los rascacielos se habían convertido en refugios para la mayoría. He hecho tan solo un viaje por los tejados un intento por conseguir provisiones de una tienda cercana, pero hacía mucho que había sido saqueada. Ya teníamos presente toda la evidencia necesaria para saber qué tan mala era la situación. Es fácil estar en negación frente a algo como… lo que sea que esto fuera, hasta que en realidad comienza a afectarte. Cuando regresé a mi casa, noté algo. Mi auto se había ido. Bueno, casi. Se podía ver el techo del vehículo asomándose sobre la tierra. Aunque no solo mi auto, todos en la ciudad. Los más grandes todavía resaltaban, solo estando parcialmente dentro y siempre consumiéndose de igual manera.
En cuestión de unos pocos días, todo en mi primer piso se había hundido. Me las ingenié para bloquear las ventanas y puertas y que así no reventaran por la presión de toda esa tierra: pero no era más que una celda ahora. Un mausoleo. No un lugar donde quisiera estar. Pasé la mayor parte del tiempo en la alcoba de la segunda planta con la mirada puesta sobre el hostil mundo de afuera.
Mi vecino murió ayer. Cayó de su techo y fue tragado por la tierra. No es la primera persona que perdemos así, pero lo que lo hizo notable fue cómo cayó. Trataba de impedir que su perro saliera al tejado. El can está bien, o eso asumo. Salió corriendo. Ellos no son afectados, los animales. Este mal está reservado para nosotros. Hacer un descubrimiento tan nihilista como ese fue más de lo que pude soportar; era todo una jodida pesadilla. Bebí con tanto exceso que caí inconsciente por todo lo que quedaba del día.
Cuando desperté, con dificultad podía ubicarme en esa densa oscuridad en la que me encontraba. Encendí todos los interruptores de luz y fusibles, pero la energía se había ido. Tomé una linterna de mi caja de herramientas y recorrí la casa, ignorante de lo que pasaba. Al llegar a mi alcoba, lo vi: el último vestigio de luz natural que advertiría. Me obligué a creer que era de noche y había dormido todo el día en un coma alcohólico. Para cuando avancé a la ventana, la luz desapareció. Estaba bajo suelo. Traté de salir, escarbando por horas a través de la tierra que no dejaba de llegar, sin resultado.
No sé cuánto más conseguiré permanecer aquí. En esta enorme tumba. Tengo suficiente comida y oxígeno, y hasta conseguí alumbrar un poco con algunas candelas y una cajetilla de fósforos. La linterna murió hace un tiempo.
Pero este es nuestro destino. El destino del ser humano. Nuestro regreso a la tierra.

¿Qué hace a un monstruo un monstruo?

Por favor, no me preguntes en dónde trabajo. No te diré la escuela. No te diré la ciudad. Ni siquiera te diré el estado. Es mejor que no lo sepas.
Trabajo como oficial de policía del campus. «CamPo», como nos llaman los estudiantes. Y he visto cosas. Tú pensarías que es un trabajo fácil, cuidar a chicos blancos acomodados y privilegiados haciendo cosas de chicos blancos acomodados y privilegiados. Pero no lo es. Es aterrador. Y creo que eso es porque estuvimos condicionados a creer que los monstruos deben mostrarse a sí mismos. Que podemos distinguirlos de una multitud.
«Dibuja un monstruo. ¿Por qué es un monstruo?». Janice Lee dijo eso. Y esa es una pregunta válida. ¿Qué hace a un monstruo un monstruo? Estamos acostumbrados a categorizar a los monstruos como esas cosas deformadas y grotescas. Pero la verdad es que los monstruos reales no se ven así. Se ven como gente normal. Se ven como tu vecino, se ven como tu madre, se ven como tu padre. Y, a veces, se ven como chicos blancos acomodados y privilegiados.
Su nombre era Joshua Simmons. Ese no es un nombre falso. Sé que no es ético usar nombres reales en este tipo de cosas, pero él no se merece la cortesía del anonimato. No importa, de todos modos. No vas a encontrar nada en él. Sus padres se aseguraron de eso. Incluso después de todo, supongo que el dinero hace que el mundo se mueva, y el universo se lo comió. Pero estoy adelantándome.
Joshua Simmons se veía como alguien normal. Y para todos los efectos, eso es exactamente lo que era. Un hombre adulto joven de la variedad de fraternidades que pensaba que el mundo se trataba sobre él. Ya conoces ese tipo. Y eso es lo que opinaba sobre él, hasta que las chicas empezaron a entrar.
Habían demasiadas. Dios, habían tantas. Primero, segundo, tercer y cuarto año. Chicas que iban a esa escuela y chicas que no. Y todas ellas tenían dos cosas en común, y eso era que cada una tenía algo que les faltaba que se supone que debía estar ahí, algo desagradable pero importante, y que cada una de ellas estaba ahí para hablar de Joshua Simmons. Y tuve que escuchar cada una de sus historias, y tuve que tratar de decirles que a menos que estuvieran dispuestas a testificar, no haríamos ni una maldita cosa.
Creo que… creo que al principio no quería creer que era él. Que pudiera ser él, pudiera ser alguien que conocía, alguien que veía todos los días. No quería creer que él podía caminar sobre las escenas de sus crímenes como si nada estuviera mal, como si fuera otro día más. Quería pensar que era alguien más, un intruso, un desconocido o, si era un estudiante, uno de mis estudiantes; al menos que se sintieran culpables por eso. Que se los estaba comiendo la culpa. Que no pudieran ir a clase, que ni siquiera pudieran levantarse sin vomitar después de hacer algo así. Pero Joshua sí fue a clase, y lo hizo bien. Jugó en todos los partidos de fútbol del equipo. Fue a todas las fiestas. Siguió viviendo la vida como si nadie pudiera tocarlo. Y por un largo, largo tiempo, no pudimos.
Y luego Amy apareció. A diferencia de Joshua, Amy no es su verdadero nombre, y no te voy a decir cuál es. Es todo lo que pude hacer por ella, pero se merece ese poco.
Amy no era como las demás «No como las demás chicas»… es un dicho que nunca toleré. ¿Qué significa, «como las demás chicas»? No significa nada. Es un índice que usan los idiotas para describir a sus maníacas chicas mágicas. Pero cuando digo eso, no me refiero a que no fue como ninguna otra chica antes. Digo que no era como las chicas que vinieron después.
Había algo en ella que me ponía nervioso, hacía que se me pusieran los pelos de la nuca de punta. Algo peligroso en la forma en que veía a las personas, como si hubiera perdido todo y más. «Nunca pongas a alguien con la espalda contra la pared». Mi padre solía decir eso todo el tiempo. «Nunca pongas a alguien en la posición donde no tienen nada que perder y todo que ganar». No era la forma en que ella actuaba, exactamente. Si tuviera que resumirlo todo a una sola cosa, diría que eran sus ojos. Dicen que los ojos son la ventana del alma, y si eso es cierto, no sé qué diría sobre ella, porque sus ojos estaban muertos. Fríos y sin emoción y salvajes, como si pudiera arrancarte la garganta con sus dientes sin siquiera parpadear. Y la diferencia entre Amy y las demás chicas es que ella estaba lista para testificar.
El juicio fue en noviembre, justo antes del Día de Acción de Gracias, y recuerdo que no tenía nada para agradecer. No por estas chicas. Y Amy contó su historia. No lloró. Su voz no se estremeció. Ella ni siquiera miró a Joshua Simmons, sentándose tres metros lejos de ella, sonriendo como si supiera que era intocable. Ella contó su historia y el cuarto entero estaba en silencio. Y cuando terminó, se sentó ahí en silencio hasta que el abogado le hizo unas preguntas; e incluso esas las respondió tan calmada como era posible. Y cuando fue descartada y se fue a sentar, la audiencia entera comenzó a hablar en voz baja hasta que el juez pidió orden en la sala.
El resto del juicio fue un borrón. Sé que había testigos que estaban ahí para atestiguar la integridad de Joshua. Sé que sus amigos estaban ahí para excusarlo. Sé que Joshua Simmons se comportó tan arrogante como podía ser, y sé que quería usar la Biblia sobre la que él había jurado para aventársela a la cara convirtiéndola en una pulpa sangrienta. Pero no recuerdo las preguntas que hicieron, ni las respuestas que dieron. No recuerdo nada desde la mirada que Amy me dio luego de testificar. Después de eso, recuerdo haber esperado, sostenido mi respiración, rezado por que el juez tomara la decisión correcta. Recuerdo pensar que la verdad estaba justo ahí, tan cerca que genuinamente cualquier persona podría verla. ¿Cómo no podrían?
Joshua Simmons fue declarado inocente. Y en ese momento, lo supe. Supe lo que significaba para alguien estar sobre la ley. Supe lo que significaba para alguien ser intocable. Y quería matarlo. Quería estrangularlo, borrándole esa media sonrisa arrogante en su cara y hacerle entender lo que significaba tener miedo. Pero no lo hice. Porque soy un oficial de la ley y eso significa seguirla aunque no esté de acuerdo con ella. «Bueno —pensé—, hicimos lo que pudimos». Pero en realidad no creía eso, y no se sentía de verdad. Pero no había nada que pudiera hacer.
Y pensé que eso era todo hasta que recibí la llamada dos semanas después.
Encontraron a Joshua Simmons en una cabaña abandonada tres horas lejos del campus. Fueron capaces de salvarlo, pero creo que quizá esa fue la intención de Amy a pesar de todo. Ella fue cuidadosa con la forma en la que lo lastimó. Quería que él viviera con el recuerdo. Quería que él viviera con las cicatrices.
Hubo un segundo juicio, por supuesto. Y recuerdo haber pensado: «Aquí estamos de nuevo». Pero no era lo mismo. No realmente. Un crimen que nadie creía que fuera un crimen, y un acusado que nadie creía que fuera un criminal.
Amy volvió al estrado y calmada contó la historia como si estuviera hablando del clima, como si no tuviera contacto con la persona que lo hizo. O quizá como si no le importara. Como si estuviera más allá de importarle. Eso es algo que da miedo ver. Alguien que está más allá de importarle. Es como que la gente pierde un poco de lo que los hace humanos cuando llegan a ese punto.
Describió cómo se acercó a él en la fiesta, cómo le coqueteó, cómo lo tentó. Cómo lo sedujo. Habló sobre cómo le dio la bebida con droga. Jugó con su deseo, y una vez que sus ojos se comenzaron a cerrar, le había susurrado toda clase de fantasías en su oído, que solo podrían cumplirse si él se iba con ella. Y lo hizo.
Lo condujo afuera de la fiesta hasta su auto. Para ese momento ya le costaba caminar. Para cuando llegaron a la cabaña de Amy, él no podía mantener los ojos abiertos, y lo supo. Supo que algo iba horriblemente mal. Pero no tenía la fuerza de voluntad para luchar contra eso. «¿Qué me hiciste? —dijo arrastrando las palabras—. ¿Qué me hiciste?». Y Amy vio al juez directamente a los ojos al dar la respuesta a esa pregunta: «Oh, cielo, no te he hecho nada aún, y no haré nada más de lo que te mereces».
Lo metió en la cabaña y lo encadenó a la mesa del comedor. Cada miembro a cada pata del mueble. Luego esperó hasta que se despertara.
«Él gimió como un banshee —dijo Amy—. Gritando y llorando como un bebé. Y rogó. Oh, cómo rogó». Pero Amy no había hecho todo eso para negociar con él. No estaba interesada en un trato porque no había nada que él pudiera ofrecer que ella quisiera. Ella tenía un propósito en mente, y había hecho un plan, y se iba a apegar a él.
«Paró de gritar cuando vio el cuchillo —dijo ella—. Empezó a susurrar como si estuviéramos en la iglesia. Pero he aprendido una cosa de todo esto, y es que Dios no es real. Y si lo es, no está escuchando ni una puta cosa de lo que decimos».
Ella dijo que él empezó a rezar. Empezó a implorar. Empezó a invocar a todas las deidades que conocía entre gritos.
«La piel era tan fácil de cortar, como papel de seda mojado rompiéndose bajo mi roce». Cuando terminó, dijo: «Su pene había sido cortado en cuatro partes exactas, de forma perfecta. Como un hot dog cortado a lo largo». Ella sonrió a esto, la primera vez que vi que su cara se iluminó desde que entró a mi oficina. El día en que todo cambió.
No lo hizo todo de una vez. Él seguía alternando entre desmayarse y despertarse en una niebla, demasiado drogado con las endorfinas que su cerebro estaba liberando para entender qué estaba pasando. Ella esperó, esperó hasta que él se diera cuenta del horror que venía.
«Le pregunté si quería —dijo, y su voz se volvió atroz—. Le pregunté si quería que continuara, y dijo que no, y lo hice de todos modos. Le dije que seguro que lo quería porque su pene estaba duro cuando empecé y siguió así hasta que terminé».
Siguieron los testículos. Usó un escalpelo para separarlas el una del otra, y luego usó un martillo para destruirlos. Y cuando estaban aplanados, los cortó y aserró las cuatro partes de su pene y le dijo que se los comiera. «Ponlos en tu boca —dijo—. Ponlos en tu boca y chupa. ¿No es eso lo que me dijiste a mí? ¿No fue eso lo que le dijiste a las otras chicas?». Él estaba llorando y ella forzó esos pedazos sangrientos dentro de su boca. Empujó y le tapó la nariz. Y se los comió. Le hizo comer sus propios genitales, y lo hizo muy cuidadosamente. Lo hizo tomar cada gota de su propia sangre.
Luego llamó a los reporteros. No les dijo lo que encontrarían, solo que seguramente querían ser los primeros en descubrir la noticia. Les dijo adónde ir y cómo llegar ahí. Que la puerta estaba abierta. Que trajeran sus cámaras. Después condujo a la estación de policía, con ropa sangrienta y todo, y se entregó.
«El bastardo ni siquiera me recordaba», se rio Amy. Recuerdo esa parte distintivamente. Se oía como cuando estás más allá de que te importe.
«Ni siquiera me recordaba. Ni siquiera recordaba mi nombre».
De todo lo que dijo, eso fue lo que más me enfermó. Loco, ¿no? Como la cosa más inofensiva puede ser lo que te empuja al nerviosismo.
El juez volvió antes de que se cumpliera una hora. Inocente por razones de locura. Y quería llamarlo una victoria, pero luego recordé la forma en la que Amy se rio, y supe que no era una victoria. Porque no había perdido el juicio, había perdido algo más importante y mucho más definitivo que una decisión en la corte. Y cuando la estaban llevando lejos, me miró y sonrió.
A veces me pregunto cuántas chicas había. Cuántas no declararon. Cuántas hasta este día ni siquiera saben, no se acuerdan suficiente de esa noche para reunir las piezas y descubrir lo que les hicieron. Me pregunto cuántas chicas habrá salvado Amy. Me pregunto cuántas veces la persona equivocada cae por el costo de la retribución. Me pregunto cuántas veces el precio es algo que no puede ser devuelto. Y no sé. No lo sé.
No se confundan, Joshua Simmons es cien por ciento el antagonista de esta historia. Las cosas que hizo fueron más allá de lo monstruoso. Pero la peor cosa de todo esto es que no sé si Joshua era un monstruo. Creo que podrías hacer un caso con eso. Pero a veces me siento en el balcón a fumar y a preguntarme si él simplemente era una persona.
Quiero creer que el mal es el verdadero culpable, que las personas son solo un conducto para que la oscuridad actúe a través de ellos. Eso hace a las cosas más fáciles. Eso hace que sea más fácil declarar, superarlo. «Lo hizo sin pensar». «Él no sabía qué estaba haciendo». «Aprendió su lección». Si la persona no está viciada por sí, entonces hay una fuerza exterior actuando sobre esa persona.
Y quiero creer en eso, pero creo que la verdad es que él sí estaba pensando, que sabía qué estaba haciendo, que la única cosa que aprendió es a no ser visto la próxima vez. Porque con gente como Joshua, siempre hay una próxima vez.
Si no es una fuerza del exterior, si no hay otra persona que hizo que Joshua hiciera las cosas que hizo, entonces fue él. Solo fue una persona. No un monstruo. Solo un hombre.
Y lo que asusta es que eso es lo que somos, solo personas. Y si Joshua pudo hacerlo, ¿entonces quién dice que no podemos? ¿Quién dice que no podemos tomar a una persona como Amy y destruir su humanidad?
¿Qué hace a un monstruo un monstruo? Estamos acostumbrados a categorizar a los monstruos como esas cosas deformadas y grotescas. Pero la verdad es que los monstruos reales no se ven así. Se ven como gente normal. Se ven como tu vecino, se ven como tu madre, se ven como tu padre. Y a veces, se ven como la persona que ves en el espejo. Y eso es lo más aterrador de todo esto.
Psicosis

Domingo
No estoy seguro de por qué escribo esto en papel y no en mi computadora. No es que no confíe en mi computadora, solo… necesito organizar mis ideas. Poner todos los detalles en un lugar objetivo, un lugar en donde sepa que lo que escribo no puede ser borrado o alterado… no que eso haya pasado.
Estoy comenzando a sentirme agobiado en este diminuto apartamento. Quizá ese es el problema. Sí, tenía que ir y comprar el apartamento más barato, el único en el sótano. No he salido en varios días porque he estado enfrascado en este proyecto de programación; supongo que quería acabarlo de una buena vez. Estar sentado frente a un monitor por horas puede hacer que cualquiera se sienta extraño, lo entiendo, pero no creo que sea por eso.
No estoy seguro de cuándo comencé a sentir que algo andaba mal. Ni siquiera puedo definir qué es, seguramente por no haber hablado con nadie en este tiempo; eso fue lo primero que me inquietó. Todos mis contactos con los que chateo de manera habitual por Messenger mientras programo han estado ausentes o simplemente desconectados. El último mensaje que recibí fue de un amigo diciéndome que charlaría conmigo cuando volviera de la tienda, y eso fue ayer. Lo llamaría desde mi celular pero aquí la señal es terrible.
Sí, eso es. Solo necesito llamar a alguien. Voy a salir.
Bueno, eso no se dio tan bien. A medida que mi temor se desvanece, me empiezo a sentir un poco ridículo por haberme asustado en primer lugar.
Me miré en el espejo antes de salir, pero no me afeité la barba de dos días que me ha crecido, después de todo saldría únicamente para hacer una llamada. Pero sí me cambié de camisa, ya que era hora de almorzar y supuse que me podría encontrar con algún conocido. O al menos eso era lo que quería… ojalá hubiera pasado.
Cuando salía, abrí ligeramente la puerta de mi apartamento; una sensación de ahogo evacuó mi cuerpo en ese instante, de alguna forma. Me asomé por el corredor deslucido, tan deslucido como el corredor de un sótano puede ser, apenas iluminado por un trío de lámparas de neón que no dejan de chasquear. En el otro extremo, la gran puerta metálica que lleva a la sala principal del edificio —cerrada, por supuesto— y dos máquinas expendedoras oxidadas a su lado. Estoy bastante seguro de que nadie más en el edificio sabe que esas máquinas están aquí abajo, que a mi tacaña casera sencillamente no le interesa reabastecer.
Deslicé mi puerta con suavidad y seguí el camino procurando no emitir sonido alguno. No tengo idea de por qué decidí hacer eso, pero era divertido rendirse al absurdo impulso de no perturbar el letárgico zumbido de las máquinas expendedoras, al menos por el momento. Llegué al primer descanso de escaleras y subí hasta la puerta principal del edificio. Miré por la ventanilla cuadrada de la puerta y, para mi gran sorpresa, definitivamente no era hora de almuerzo. La penumbra de la noche envolvía las calles de la ciudad y las luces de los automóviles que daban la vuelta en la intersección alumbraban desde la distancia como faroles. Nubes púrpuras y negras por el brillo de la ciudad colgaban inmóviles del firmamento. Nada se movía a excepción de los pocos abedules de la acera mecidos por el viento. Recuerdo haber temblado aunque no tenía frío, quizá por el viento de afuera; podía oírlo vagamente a través de la puerta y sabía que era ese particular tipo de viento de media noche, ese que es constante, frío y callado, salvo por la dulce melodía que provocaba cuando se abría paso entre las incalculables hojas de los árboles.
Decidí no salir. En su lugar, levanté mi celular a la altura de la ventanilla y revisé el medidor de señal. Las barritas llenaron el medidor, y sonreí. «Tiempo de escuchar la voz de alguien más», recuerdo que pensé, aliviado. Era algo tan extraño, el tenerle miedo a nada. Negué con la cabeza riéndome de mí mismo en silencio. Marqué el número de mi mejor amiga, Amanda, y acerqué el teléfono a mi oreja. Sonó una vez… y entonces se detuvo. Nada pasó. Escuché el silencio por unos veinte segundos, y colgaron. Fruncí el ceño y miré el medidor de señal; todavía lleno. Estaba marcando su número de nuevo cuando el teléfono sonó en mi mano, sacándome un buen susto. Lo pasé a mi oreja.
—¿Diga? —pregunté, reteniendo el leve choque de oír la primera voz en días, aun si se trataba de la mía. Me había acostumbrado a los sonidos regulares del edificio, de mi computadora y el de las máquinas expendedoras en el corredor. No hubo ninguna respuesta a mi saludo en un principio, pero luego, una voz se escuchó.
—¿Qué hay? —dijo claramente un joven desde el otro lado de la línea—. ¿Quién habla?
—Juan —le respondí, confundido.
—Ah, perdón, número equivocado —contestó, y colgó.
Bajé el celular lentamente y recargué mi cuerpo contra la pared. Eso fue extraño. Revisé mi registro de llamadas; el número era desconocido. Antes de que pudiera reflexionar sobre ello, el celular sonó de nuevo, asustándome una vez más. Esta vez miré el número antes de contestar, que también era desconocido. Coloqué el aparato junto a mi oído, sin decir nada. Todo lo que escuché fue el usual ruido de fondo de un celular. Entonces, una voz familiar acabó con mi tensión.
—¿Juan? —Fue la única palabra, por la voz de Amanda.
Suspiré aliviado.
—Ey, eres tú —contesté.
—¿Quién más iba a…? Ah, el número. Estoy en una fiesta en la Séptima Avenida y mi teléfono murió justo cuando me llamaste. Este es el teléfono de alguien más, naturalmente.
—Ah, bueno.
—¿Dónde estás? —me preguntó.
Paseé los ojos por los muros y su pintura descarapelada; la puerta que tenía frente, con su pequeña ventanilla.
—En la entrada de mi departamento —Suspiré—. Me sentía un poco sofocado. No sabía que era tan tarde.
—Deberías venir aquí —me dijo, riendo.
—No…, no estoy de humor para caminar solo a estas horas —dije, mirando por la ventanilla a la tranquila y airosa calle que secretamente me causaba un poco de temor—. Creo que voy a seguir trabajando o me iré a dormir.
—¡Tonterías! —contestó—. ¡Puedo ir a traerte! Tu departamento queda cerca de aquí, ¿cierto?
—¿Qué tan ebria estás? —le pregunté divertido—. Tú sabes dónde vivo.
—Ah, claro. Supongo que puedo llegar ahí caminando, ¿no?
—Puedes, si quieres desperdiciar media hora.
—Cierto —contestó—. Bueno, me tengo que ir. ¡Suerte con tu trabajo!
Bajé el teléfono de nuevo, viendo los números parpadear mientras la llamada finalizaba. El insistente zumbido de las máquinas se reprodujo en mi mente. Las dos llamadas extrañas y la vista a esa tétrica calle terminaron por encarrilarme de vuelta a mi soledad en esa vacía sala. Tal vez por haber visto tantas películas de terror tuve la súbita idea de que algo inexplicable podría asomarse por la ventanilla de la puerta y verme, alguna clase de entidad horrible que pasa orbitando los confines de la soledad, esperando el momento para arrastrarse hasta algún ser humano que se ha alejado demasiado de los de su clase. Sabía que era un miedo irracional, pero no había nadie cerca, así que… bajé las escaleras corriendo por el pasillo hasta mi cuarto y cerré la puerta tras de mí lo más velozmente que pude, procurando mantener el silencio.
Como dije, me siento un poco ridículo por haber estado asustado de nada, y el temor ya se ha desvanecido. Escribir esto me ayuda mucho, me hace darme cuenta de que nada anda mal. Filtra mis pensamientos inconclusos y miedos, dejando solo hechos concretos y objetivos: es tarde, recibí una llamada de un número equivocado y al teléfono de Amanda se le agotó la carga, por lo que me devolvió la llamada con otro teléfono. Nada extraño está pasando.
Aun así, hubo algo… inusual en esa conversación. Sé que pudo haber sido por el alcohol que había tomado… ¿o fue a ella a quien sentí extraña? O… sí, ¡eso es! No me di cuenta hasta ahora, hasta escribirlo. Sabía que hacer esto ayudaría. Ella dijo que estaba en una fiesta, ¡pero lo único que escuché de trasfondo fue silencio! Claro, eso no significa nada en particular, puesto que pudo haber ido afuera a tomar la llamada. No… eso tampoco pudo ser: ¡no escuché el rumor del viento! ¡Necesito ir a ver si el viento está soplando!
Lunes
Olvidé terminar de escribir anoche. No sé qué esperaba encontrar cuando crucé el pasillo y asomé el rostro por la ventanilla. Me siento ridículo. El miedo de anoche me parece vago e irrazonable ahora. No puedo esperar para salir y ver la luz del día. Voy a revisar mi correo, afeitarme, darme un baño ¡y finalmente salir de aquí!
Un momento… creo que escuché algo.
Era un trueno. Todo eso sobre la luz del día y el aire fresco no pasó. Subí por el tramo de escaleras solo para decepcionarme. El cristal de la puerta principal era azotado por la corriente de lluvia torrencial que se desataba afuera. Quise quedarme a esperar a que un relámpago iluminara la intemperie, pero la lluvia era muy fuerte y no podía visualizar nada más que siluetas indistinguibles paseándose por ángulos extraños de la corriente de agua bañando la ventanilla. Desilusionado, me di la vuelta, pero no quería volver a mi cuarto. En su lugar, deambulé por las escaleras, al primer piso, al segundo. Llegué al tercer piso, el más alto del edifico.
Caminé por el alfombrado del piso. Las diez o tantas puertas de madera, pintadas de azul hace mucho tiempo, estaban todas cerradas. Escuché atentamente mientras caminaba, pero era medio día, no me sorprendió oír poco más que el sonido de la lluvia afuera. En lo que permanecí ahí parado, en ese turbio lugar, tuve la extraña y fugaz impresión de que las puertas eran como silenciosos monolitos de granito, esculpidos por una civilización antigua y olvidada para un insondable propósito de guardines. Cayó un relámpago que iluminó el pasillo y pude haber jurado que, solo por un momento, las viejas y deterioradas puertas azules se vieron como piedra áspera. Me reí de mí mismo por dejar que mi imaginación jugara así conmigo, pero entonces se me ocurrió que el resplandor de ese rayo debía de significar que había ventanas cerca. Me llegó una memoria distante, y de inmediato recordé que el tercer piso tenía una alcoba con una puerta corrediza de cristal al final del pasillo en donde estaba.
Emocionado por ver la ciudad desde lo alto en medio de la lluvia y, quizá, ver a otra persona, caminé velozmente hacia la alcoba, encontrándome con la delgada y larga puerta corrediza. Era bañada por la corriente como la ventanilla de la puerta principal. Acerqué mi mano a la manija, pero dudé. Tuve la rarísima sensación de que si la abría, vería algo completamente terrible del otro lado. El último par de días habían sido tan extraños… así que ideé un plan, y volví aquí para traer lo que necesitaría. No pienso que realmente lograré algo con esto… pero no tengo nada más que hacer, llueve y me estoy volviendo loco de remate.
Regresé por mi cámara web. De ninguna forma el cable llegará hasta el tercer piso, por lo que, en su lugar, voy a ocultarla entre las dos máquinas expendedoras, pasar el cable por debajo de mi puerta y ponerle cinta de aislar encima para camuflarlo en la tira de plástico negra que se extiende por la base de las paredes del corredor. Sé que es tonto, pero estoy muy aburrido…
Bueno, nada sucedió. Dejé abierta la puerta de mi apartamento, me llené de valor, fui hasta la puerta metálica, la abrí y corrí como alma que lleva el Diablo de vuelta a mi cuarto y azoté la puerta. Miré atento por la cámara web de mi computadora, viendo en la transmisión del pasillo y una parte de las escaleras. Sigo observando en este momento y no aparece nada interesante. Desearía que el ángulo de la cámara fuera distinto, que pudiera ver al menos una parte de mi puerta. ¡Ey, alguien se conectó!
Usé un modelo de cámara más antiguo que tenía en mi clóset para charlar con mi amigo. No supe explicarle por qué quería que fuera una llamada de video, pero se sintió bien ver la cara de otra persona. No se quedó a hablar por mucho tiempo, y no hablamos de nada importante, pero me siento mucho mejor. Mi absurdo temor casi se ha ido. Ya lo habría dejado completamente de lado de no ser por la extraña manera en que se dio la conversación. Sé que he dicho que todo me ha parecido extraño, pero sus respuestas fueron tan vagas… no puedo recordar una sola cosa específica que me haya dicho; ningún nombre, lugar o evento en particular. Aunque sí me pidió mi dirección de correo para mantenerse en contacto. Un momento, me llegó un correo.
Estoy a punto de salir. Recibí un correo de Amanda para pedirme que nos reuniéramos en «el lugar al que siempre vamos». Me encanta la pizza, y he estado comiendo de las sobras que había en lo que una vez fue una alacena decorosa, así que no puedo esperar. De nuevo, me siento ridículo por mi conducta de estos últimos días. Debería quemar este diario cuando regrese.
Otro correo.
Oh, por Dios. Casi ignoro el correo y abro la puerta. Estuve a punto de abrir la puerta. Estuve a punto, pero leí el correo primero. Era de un amigo que llevo un tiempo sin ver y fue enviado a muchísimos correos que deben de ser cada contacto que tiene registrado. Omitió el título, y decía, únicamente: «ve con tus propios ojos no confíes en ell».
¿Qué demonios puede significar eso? No me lo puedo sacar de la cabeza. ¿Es un mensaje enviado para advertir de que algo ocurrió? ¡La frase claramente se mandó sin terminar! En cualquier otro día lo hubiera tomado como spam, pero las palabras «ve con tus propios ojos»… no puedo evitar releer este diario, repasar los últimos días, y caer en cuenta de que no he visto a ninguna persona con mis propios ojos o hablado con alguien cara a cara. La conversación en línea con mi amigo fue tan extraña, tan vaga, tan… misteriosa, ahora que lo pienso. ¿En serio fue misteriosa?, ¿o es el miedo que está turbando mi memoria?
Mi mente juega con los sucesos que he organizado aquí, apuntando a que no ha habido ni un tan solo dato que haya adicionado sin sospechar. El «número equivocado» que obtuvo mi nombre y la subsecuente llamada de Amanda, el amigo que pidió mi dirección de correo… Yo lo saludé primero cuando vi que estaba conectado, y luego recibí un correo apenas terminó la conversación… ¡Oh, por Dios! ¡La llamada de Amanda! ¡Le dije por teléfono, le dije que estaba a media hora de la Séptima Avenida! ¡Ellos saben que estoy cerca de ahí! ¿Qué si están tratando de encontrarme? ¡¿Dónde está todo el mundo?! ¡¿Por qué no he visto o escuchado de nadie en días?!
No, no, esto está mal. Es de locos. Necesito calmarme.
No sé qué pensar. Recorrí mi apartamento desesperado, sosteniendo mi celular en cada rincón para ver si podía obtener algo de señal. Finalmente, en el baño, cerca de una de las esquinas superiores: una barrita. Sosteniéndolo a esa altura envié un mensaje de texto a cada número de mi lista. Consideré la probabilidad, el peor escenario posible, lo peor que podía imaginar. Envié: «¿Has visto a alguien cara a cara últimamente?».
Para este punto, lo único que necesito es una respuesta. No me importa cuál sea, de quién o si quedé en ridículo al hacer eso. Intenté hacer una llamada pero no podía elevar mi cabeza lo suficiente, y si bajaba el teléfono siquiera un centímetro perdía la señal. Luego recordé mi computadora y fui directo a ella. Envíe un mensaje a todos mis contactos conectados. La mayoría estaban ausentes u ocupados; nadie respondió. Se agotó mi paciencia. Empecé a inventar pretextos para justificar que vinieran hasta aquí. No me importa nada a estas alturas, ¡solo necesito ver a otra persona!
Desbaraté mi apartamento tratando de encontrar algo que haya pasado por alto, alguna forma de contactar a otro ser humano sin abrir la puerta. Sé que es demente, sé que es irracional, pero es posible, ¡es posible!, y necesito estar seguro. Fijé mi celular al techo por si acaso.
Martes
El celular timbró. Exhausto por el alboroto de anoche, debí de haberme quedado dormido. Me despertó el tono de mi celular; corrí al baño, me paré en el retrete y lo alcancé para contestar la llamada. Era Amanda, y ahora me siento mucho mejor. Estaba muy preocupada por mí y aparentemente ha intentado contactarme desde que la dejé plantada. Viene para acá, sí, sabía en dónde estoy sin necesidad de que se lo dijera. Estoy muerto de la vergüenza. En definitiva voy a tirar este diario antes de que alguien lo vea, ya ni sé por qué sigo escribiendo en él. O bueno, quizá porque ha sido el único tipo de comunicación que he tenido desde… Dios sabe cuándo.
Me veo terrible. Me di un vistazo en el espejo antes de volver aquí. Mis ojos están hundidos, mi barba más grande y parece que estoy enfermo. Mi apartamento también está hecho un desastre, pero no voy a limpiarlo. Creo que necesito que alguien más vea por lo que he pasado. Estos últimos días no han sido normales, por donde lo vea. No soy de los que imaginan cosas. He sido víctima de la probabilidad. Seguramente me faltó poco para ver a otra persona en varias ocasiones, fue nada más que salí muy tarde por la noche, o al medio día, cuando todo el mundo está trabajando. Ahora sé que no hay problema. Además, encontré algo ayer que me ayudó tremendamente: ¡un televisor! Lo conecté justo antes de sentarme a escribir esto, y lo escucho sonar de fondo. La televisión siempre ha sido un escape para mí, y me recuerda que afuera de estos muros un mundo sigue andando, crea lo que crea.
Me alegra que Amanda haya sido la única que me contactó luego de haber mandado todos esos mensajes absurdos. Ha sido mi mejor amiga durante años. Ella no lo sabe, pero cuento al día en que la conocí como uno de los mejores que he tenido en toda mi vida. Fue un tibio día de verano, pareciera como si el recuerdo estuviera arrancado de un mundo distinto del que me encuentro ahora. Sentí que pasaron días enteros en ese parque al que ya estábamos demasiado grandes para ir, hablando con ella solamente. A veces todavía puedo volver a ese momento, y me recuerda que este lugar no es lo único que existe… Al fin, ¡llaman a la puerta!
Pensé que era raro que no la hubiera visto por la cámara que escondí en el pasillo. Supuse que fue por la perspectiva, similar a no poder ver mi puerta. Debí saber que eso sería un problema. Después de que tocara, grité en tono de broma que tenía la cámara entre las máquinas… vaya que había dejado a mi paranoia ir lejos. Vi su imagen acercarse y bajar la vista hasta dar con ella. Sonrió y saludó con una de sus manos.
—Qué hay —dijo alegremente, mirando curiosa.
—Lo sé, es raro —hablé por el micrófono conectado a mi computadora—. He tenido una mala racha —agregué.
—Seguro —contestó—. Ábreme Juan.
Dudé. ¿Cómo podía estar seguro?
—Sígueme un poco la corriente, ¿sí? Dime algo sobre nosotros, para probar que eres tú.
Miró a la cámara, se tocó la barbilla y volteó hacia arriba; sacó un papel y un lápiz. Escribió en ellos. Enseñó el papel para que pudiera verlo en la cámara:
«Ya estábamos muy grandes para ese parque».
Suspiré profundamente, la realidad volvía, el miedo se disipaba. Joder, había sido tan ridículo. ¡Por supuesto que era Amanda! Ese recuerdo no estaba en ningún otro lugar más que en mi memoria. Nunca he hablado con nadie de ese día, y no por vergüenza, sino por tenerlo como un recuerdo nostálgico. Si había alguna entidad desconocida que trataba de engañarme, como temía, de ninguna forma podría saber sobre ese día.
—Bueno, dame un segundo —le dije entre risas.
Corrí a mi pequeño baño y peiné mi cabello lo mejor que pude. Me miraba terrible, pero ella entendería. Riendo por mi tonto comportamiento, y el desorden en el que estaba, caminé hacia la puerta. Puse mi mano sobre la perilla y di un último vistazo a mis espaldas. Comida mordisqueada regada por el suelo, el bote de basura caído y la cama que había volcado hacía unas horas buscando… Dios sabrá qué estaba buscando. «Tan tonto», pensé.
Antes de girar la perilla, mis ojos notaron una cosa más: la cámara que usé para charlar con mi amigo. La esfera negra estaba sobre su costado y el lente apuntaba a la mesa en donde este diario se encontraba. Un terror enorme se apoderó de mí en cuanto pensé que si algo podía mirar a través de esa cámara, vería lo que había escrito acerca de ese día. Le pedí una cosa, cualquier cosa acerca de nosotros, y ella escogió la única en el mundo que creí que eso o ellos no sabrían… pero lo hacen, lo saben, ¡hasta pudieron haberme observado todo este tiempo!
No abrí la puerta. Grité. Grité sin parar. Arranqué la cámara y la estampé contra el suelo. La puerta tembló y la perilla intentó girar, pero no escuché la voz de Amanda del otro lado. ¿Sí era ella quien estaba afuera? ¿Quién más pudo ser sino Amanda? ¿Quién demonios estaba afuera? ¿Qué demonios estaba afuera?
La vi por la cámara, la escuché por mis parlantes, ¿pero fue real? ¡Cómo saberlo! Grité alarmado por ayuda. Aseguré la puerta con todos mis muebles. Por ahora se ha ido.
Viernes
Al menos creo que es viernes. He roto todos mis aparatos electrónicos. Destruí mi computadora. Cualquier cosa en ella podía, a fin de cuentas, ser manipulada por medio de la red. Sé de eso, soy un programador. No podía arriesgarme. Cada pequeño dato respecto a mí, mi nombre, mi correo, mi ubicación, todos fueron cosas que he dicho. He releído lo que he escrito una y otra vez. He intentado juzgar lo que he escrito, bailando entre el miedo y el escepticismo. A veces me consta que una entidad está decidida en el simple objetivo de hacerme salir de aquí: desde el principio, Amanda no hizo más que pedirme que abriera la puerta y saliera. Puedo leerlo, puedo leerlo claramente ahora.
Trato de ver las cosas desde todos los ángulos. Por un lado, soy un lunático que ha interpretado una convergencia de probabilidades extremadamente improbables, pero factible: no asomarme en el momento adecuado, no ver a otra persona por mero azar, recibir un correo extraño como los miles que es posible recibir, pero en el momento preciso. Por el otro lado, esa convergencia de probabilidades es la única razón por la cual lo que sea que está afuera no me ha atrapado aún: no abrí la puerta corrediza del tercer piso, y tal vez nunca debí abrir la puerta metálica al final del corredor. No volví a abrir la puerta de mi apartamento después de abrir la puerta metálica. Lo que sea que esté allá afuera —si es que está allá afuera— nunca «apareció» en el pasillo antes de que la abriera. Tal vez se había dedicado a cazar a todas las personas que se encontraban al descubierto y luego esperó, hasta que delaté mi existencia al tratar de llamar a Amanda… una llamada que no se concretizó hasta que eso me hablara y preguntara mi nombre.
Mi temor literalmente me abruma cada vez que intento acoplar todas las piezas de esta pesadilla. Ese correo —corto, cortado— era de alguien intentando decir algo. ¿Una advertencia aliada, intentando llegar a mí antes de que fuera muy tarde? Ver con mis propios ojos, no confiar. Puede que tenga dominadas a todas las cosas electrónicas, que haya elaborado una enorme red para engañarme y hacerme salir. ¿Por qué no puede entrar? Tocó la puerta, así que al menos, parcialmente, es sólido. La puerta. La idea de esas puertas como monolitos guardianes en el tercer piso aparece cada vez que mis pensamientos siguen este rumbo. Si hay alguna entidad etérea intentando que salga a la intemperie, quizá esa entidad es incapaz de cruzar las puertas.
No paro de pensar en todos los libros que he leído, en todas las películas que he visto, tratando de encontrar la respuesta a esto. Las puertas siempre han sido gatillos de la imaginación humana, plasmadas en numerosas ocasiones como portales de singular importancia. ¿O quizá la puerta es muy gruesa? Yo no podría derribar ninguna de las puertas de este edificio, especialmente las del sótano. Dejando eso a un lado, ¿por qué me quiere a mí? Incluso yo puedo imaginar al menos una docena de formas de matarme, incluyendo dejar que me pudra aquí abajo y muera de hambre. Quizás eso es precisamente lo que está haciendo. Está llenándome de miedo; pero ¿y si no quiere matarme?, ¿y si puede hacer algo peor? Dios, ¡¿cómo salgo de esta pesadilla?!
Llaman a la puerta…
Le dije a la gente del otro lado de la puerta que necesitaba unos minutos más para pensar las cosas y saldría. Solo estoy escribiendo esto para decidir qué hacer. Al menos esta vez he escuchado sus voces. Mi paranoia —sí, reconozco que estoy siendo paranoico— me hace pensar en todas las formas que una voz humana podría fingirse por algún medio electrónico. El pasillo podría estar lleno de altavoces simulando voces humanas. ¿Realmente les tomó tres días venir a hablar conmigo? Se supone que Amanda está ahí afuera, junto con dos policías y un psiquiatra. Tal vez les tomó tres días pensar qué decirme. La explicación del psiquiatra sería muy convincente, si decidiera creer que todo esto no ha sido nada más que un extraño malentendido, y dejar fuera de la ecuación a la entidad que intenta engañarme para abrir la puerta.
El psiquiatra tiene la voz de un viejo. Autoritaria pero sensible. Me agrada, me recuerda a la de mi propio padre. Dice que sufro de algo llamado «cíberpsicosis», y soy solo uno más de una enorme epidemia que se cuenta por miles, detonada por un correo sugestivo que «se filtró de alguna forma». Juro que lo dijo así: «Se filtró de alguna forma». Creo que intenta decir que se esparció por todo el país inexplicablemente, pero sospecho demasiado que a la entidad se le ha resbalado algo. Dijo que soy parte de una ola de «comportamiento emergente», que muchas personas más están enfrentando mi mismo problema, y el mismo miedo, aunque nunca nos hayamos comunicado.
Eso explica el correo que recibí sobre ver con mis propios ojos. No recibí el correo detonante original, recibí un derivado. Mi amigo pudo haber perdido la razón también, y ha intentado advertir a todo el mundo sobre su miedo paranoico. Así es como el problema se esparce, afirma el psiquiatra. Pude haberlo esparcido también con el mensaje que envié por el celular y los que mandé por Messenger. Alguno de todos esos contactos podría estar volviéndose tan loco como yo después de haber leído uno de esos mensajes, y ahora estar interpretando la realidad en la forma en la que yo lo estoy haciendo.
El psiquiatra me dijo que no quería «perder uno más». Que la inteligencia de gente como yo es precisamente nuestra perdición. Trazamos conexiones tan bien que incluso las trazamos en donde no deberían estar. Dice que es fácil comenzar a acumular paranoia en el mundo en el que vivimos ahora, un lugar en constante cambio en el que cada vez mayor parte de nuestra interacción es simulada…
Hay que admitirlo, es una explicación hermosa. Reúne y explica todo. Lo explica perfectamente, de hecho. Ahora tengo todas las razones del mundo para sacudirme este horror atávico de que algo se encuentra del otro lado de la puerta listo para capturarme y llevarme a un destino peor que la muerte. Sería tonto, tras oír esa explicación, permanecer aquí hasta morir de hambre para evitar a esa entidad que quizá ya haya atrapado a todos los demás. Sería tonto pensar, tras oír esa explicación, que yo soy una de las pocas personas que restan en un mundo vacío, escondiéndose en la seguridad de su sótano, jodiendo a una impensable y engañosa entidad que juega a ser omnipotente con tan solo rehusarme a abrir una puerta. Es una explicación perfecta para cada evento extraño que he escrito aquí, tengo todas las razones del mundo para dejar ir mis miedos, y abrir esa puerta.
Y es exactamente por eso que no lo haré.
¿Cómo puedo estar seguro? ¿Cómo puedo saber qué es real y qué un engaño? Todas estas malditas cosas con sus cables y sus señales que nacen de un origen imperceptible y llegan hasta ti, ¡no son reales, no puedo estar seguro! ¡Señal de video, de celular, correos! Incluso la televisión, ahora silenciosa, partida por la mitad, en el suelo. ¿Cómo podría saber qué es real? Todo mensaje no es más que energía, ondas, luz… la puerta. ¡Está golpeando la puerta! ¡Intenta entrar! ¿Qué alimaña mecánica podría estar empleando para simular a una persona golpeando una puerta tan perfectamente? Al menos ahora podré verlo con mis propios ojos. No queda nada con lo que pueda engañarme; no puede engañar a mis ojos, ¿o sí? Ve con tus propios ojos, no confíes en ell… un momento, ¿ese mensaje trataba de decirme que confiara en mis ojos, ¡o advertirme sobre mis ojos también!? Oh, por Dios, ¿cuál es la diferencia entre una cámara y mis ojos? Ambos transforman la luz en señales eléctricas, son… ¡lo mismo! No puedo permitir que me engañe, Dios, ¡no puedo permitir que me engañe! No voy a permitirlo, no puedo estar seguro. ¡Necesito estar seguro!
Fecha desconocida
He pedido tranquilamente una pluma y un papel, por el día, por la noche, hasta que finalmente me los dio. No que importe, ¿qué voy a hacer? ¿Sacarme los ojos de nuevo? Los vendajes se sienten como una parte de mí ahora. El dolor se ha ido. Supuse que esta sería una de mis últimas oportunidades de escribir legiblemente, puesto que sin mi vista que corrija errores, mis manos olvidarán de manera progresiva el mecanismo involucrado. Es un capricho, escribir… un vestigio de otra era, porque evidentemente ha asesinado al resto del mundo.
Me siento contra la pared día y noche. La entidad me trae comida y agua. Se disfraza como una amable enfermera, como un antipático doctor. Sabe que mi oído se ha agudizado ahora que estoy en oscuridad; finge conversaciones en el corredor, con la intensión de que lo escuche. Una de las enfermeras habla sobre tener un bebé pronto, uno de los doctores perdió a su esposa en un accidente de auto. No que importe, nada de eso es real. Nada me llega, no como ella lo hace.
Esa es la peor parte, la parte que casi no puedo soportar. Esa cosa viene a mí enmascarada como Amanda. Su recreación es perfecta. Suena exactamente como Amanda, se siente exactamente como ella. Hasta produce una simulación admirable de sus lágrimas, que me obligó a sentir sobre sus tibias mejillas. En un inicio, cuando me trajo aquí, me dijo todas las cosas que quería escuchar. Me dijo que me amaba, que siempre lo había hecho, que no entendía el porqué de esto, que todavía podíamos tener una vida juntos, ir al parque todos los días, si quería.
Con la condición de que dejara de insistir sobre la farsa. Quería que creyera. No, necesitaba que lo hiciera. Que era real, que era ella. Jamás sabrás qué tan cerca estuve de ceder a ese acto tuyo. Dudé de mí mismo por mucho tiempo, pero eres un perfeccionista, todo era demasiado real o lo que entiendes por real, y, ¿sabes? La realidad tiene otras cosas que aún no alcanzas a captar, quizá porque ni siquiera nosotros mismos logramos hacerlo del todo, ni representarlo.
La falsa Amanda venía todos los días, luego cada semana, hasta que por fin dejó de joderme con ella… pero no creo que la entidad se rinda. El juego de esperar es otro de sus trucos. Lo resistiré por el resto de mi vida, si es necesario. No sé qué fue lo que le ocurrió al resto del mundo, pero sí sé que esta cosa necesita que caiga. Si es así, entonces tal vez, solo tal vez, soy una piedra en su camino. Quizá Amanda sigue con vida en algún lado, mantenida con vida únicamente por mi voluntad de resistir el engaño. Me sostengo a esa esperanza, meciéndome hacia adelante y hacia atrás en mi celda para pasar el tiempo. Nunca me rediré. Nunca caeré. Soy… ¡un héroe!
El doctor leyó el papel en el que el paciente había escrito. Apenas podía entenderse, escrito con la temblorosa mano de un ciego. Quería sonreír ante la firme determinación del joven, un recordatorio de la voluntad humana de querer sobrevivir, pero sabía que el paciente estaba completamente delirante.
Después de todo, una persona sana hubiera caído en el engaño hace mucho tiempo.
El doctor quería sonreír. Quería susurrar palabras de ánimo al delirante joven. Quería gritar, pero los delgados filamentos conectados a los nervios de su cabeza y en sus ojos se lo impedían. Su cuerpo caminaba hacia la celda como una marioneta, y le decía al paciente, una vez más, que estaba equivocado, y que no había nadie tratando de engañarlo.

El usuario g00gle_240394

El usuario g00gle_240394

Tenía yo dieciséis años cuando comencé a trabajar. Mi primer trabajo fue en un cibercafé en el que trabajaba un amigo, y gracias a él entré a ese lugar. Luego de que estuvo enseñándome todo lo que debía saber por algunas semanas, dejó el trabajo y me quedé solo por casi dos meses. En el transcurso de ese tiempo recuerdo un día muy peculiar, cuando conocí a un usuario llamado «g00gle_240394». El nombre me extrañó un tanto, pues llevaba la palabra Google escrito con dos ceros sustituyendo las «o», pero supuse que solo era alguien que estaba aburrido, porque lo primero que me dijo, fue: «¿Qué estás haciendo?».
Antes de contestarle miré a mi alrededor, pues el chat por el cual me comenzó a hablar era el que comunicaba los ordenadores en el cibercafé. Los clientes usaban ese chat casi nunca, solo lo ocupaban algunos tímidos para enviar mensajes como «¿Puedo mandarte a imprimir?» o «¿Me permites usar tu baño?». Normalmente, el chat lo utilizábamos los que estuviéramos de encargados para notificar que íbamos a cerrar o alguna cosa por el estilo. El local estaba casi lleno, pero el mensaje fue enviado desde una máquina que el PC del administrador (es decir, yo) no reconocía. La ventana del chat se veía algo así:
Cyber Chat: Admin 02 PC: 00
g00gle_240394: ¿Qué estás haciendo?
Supuse que algún tipo listo había cambiado la configuración de su ordenador. Si ese mismo sujeto había logrado cambiar el nombre predeterminado del usuario, el cual en el chat debería ser algo como «Usuario PC 01», pues entonces también era capaz de cambiar la configuración predeterminada de su máquina. Para asegurarme, le contesté: «Veo q cambiaste la configuración de tu máquina, pero quien es tan tonto como para enviar un mensaje al administrador después de hacer algo así? gracias a esto ya lo note, pon todo en orden por favor, gracias».
Tardó un par de segundos en contestar, pero al hacerlo solo se disculpó y no volvió a escribir. No supe quién había sido, luego de que revisé todas las máquinas por medio de la mía no vi ningún mensaje enviado. Tal vez fue alguien robándose la señal, de todas formas solo era el encargado del local, así que no podía hacer mucho. Cuando estuve con el dueño antes de cerrar, le comenté lo sucedido, y él me dijo que lo revisaría y me retiré. Al día siguiente me dijo que no había ningún interceptor en la señal, pues la única forma de conectarse era por medio del cable de Ethernet; me refrescó la memoria diciendo que habíamos desactivado la señal wifi porque varios negocios de la cuadra la utilizaban y eso ralentizaba la red. No respondí nada, pero me quedé con la duda.
Pasaron un par de días y ya me había olvidado de lo sucedido, pero ese usuario volvió un día por la tarde, haciendo la misma pregunta. Esta vez no le contesté y decidí mostrarle a mi patrón el mensaje para así poder saber de dónde provenía. Transcurrieron aproximadamente unos veinte minutos hasta que apareciera en el chat que el usuario g00gle_240394 estaba desconectado. En ese momento mi jefe entró al local y le dije que viera a la pantalla; lo que le mostré fue una ventana de chat sin PC seleccionada y en blanco, totalmente en blanco. Me preguntó la razón por la que le había mostrado eso, pero me limité a decir: «Vaya que soy descuidado, creo que lo cerré. Olvídelo, no era nada…».
Ese día me sentí como un tonto y pensé que lo mejor era que yo mismo descubriera a ese sujeto. Llegué a mi casa y descargué un programa para localizar ordenadores alrededor del mundo. Pasaron muchos días sin que apareciera, casi dos semanas. Yo ya había instalado el programa en la máquina del cibercafé.
Entonces llegó el día, g00gle_240394 volvió con su pregunta. Inmediatamente busqué el programa y me di cuenta de que no estaba en donde lo había dejado, sin acceso directo o archivos en disco; mas no me detuve ahí —pensé que mi jefe pudo haberlo borrado, él solía borrar los archivos sin dar previo aviso cada vez que descargaba algo y no lo justificaba—. Busqué de nuevo el programa, pero mientras estaba descargándolo el sujeto se desconectó… solo que esta vez me dijo lo siguiente antes de retirarse: «Si querías saber de dónde soy, ¿por qué no lo preguntaste?».
Al parecer sabía, de alguna manera, que lo quería localizar. El archivo se descargó y comencé a rastrear la procedencia del mensaje, pero casi al finalizar la búsqueda la ventana volvió a ponerse en blanco como la vez pasada y el programa marcó error. No me di por vencido y lo guardé en una USB, de esa forma no correría el riesgo de perder el programa de nuevo.
Él volvió a escribirme justo al día siguiente. Sabía cómo funcionaba el programa, así que decidí entretenerlo mientras terminaba de buscar. Hizo la misma pregunta:
¿Qué estás haciendo?
Trabajo, q me dices tú???
Interesante, ¿acaso trabajas en un cibercafé?
Como lo sabes???
Tienes internet, estás conectado todo el día. Si estuvieras en una oficina o algo similar, no podrías tener acceso a la red tan constantemente. ¿Acaso crees que te estoy espiando?
Nada d eso, simple curiosidad, tu q me cuentas, aun no me respondes
El programa estaba por terminar, cuando él dijo lo siguiente: «Nada… Oye, lo siento. Me tengo que ir. Pero por si te aburres, o aún quieres saber en dónde estoy, revisa este enlace: http://archives/map/register_ssxa44a2gghdfg12/g00gle_240394».
El programa marcó error de nuevo, pero, al parecer, el sujeto era o torpe o quería jugar conmigo, tal vez confundirme. Entré al enlace por curiosidad y porque supuse que mis intentos por localizarlo seguirían fallando. Mi sorpresa no fue mucha, pues el enlace conducía a una foto de la calle en donde se encontraba el cibercafé, solo que esta se veía distinta. Creí que él la pudo modificar o que era la misma calle antes de que yo la conociera. Cuando mi jefe llegó para cerrar, pensé en mostrarle la imagen, pero no pude ubicarla; busqué en el historial sin ningún éxito. Mi jefe no dijo nada, solo me miró extrañado por mi comportamiento.
Al otro día, luego de que mi jefe se hubiera ido, g00gle_240394 comenzó a chatear conmigo. Esta vez intenté sacarle alguna respuesta:
Hola amigo, ¿qué tal tu día?
Pues apenas empieza, en donde estamos, según tu foto de ayer, apenas son las…», antes de que terminara de escribir, él mandó un mensaje:
9
¿? —le escribí—.
Son las 9, 9:03 a.m., para ser exactos.
Bueno mi reloj dice q son las 9:00 a.m. pero son solo minutos d diferencia
¿Y qué tal si fuera más que eso?
A q t refieres???
¿Recuerdas la foto? Creo que no podrás seguir trabajando aquí por mucho.
Quieres decir q vienes del futuro o algo así???
Es una forma de decirlo.
Cual es tu nombre real???
Google.
Aha y yo me llamo Wikipedia jajajajaja —le respondí cínicamente—.
No, tu nombre real es Guillermo, pero prefieres que la gente te llame Dracko.
En ese momento no me asusté, si el tipo era un gran informático (algo de lo que no me cabía la menor duda) pudo haber averiguado eso gracias a la infinidad de redes sociales y otros sitios a los que me he registrado. Entonces le dije:
Veo q eres bueno para esto, debes ser un Hacker, si es así, por q sigues a alguien como yo y no a la CIA o el FBI, no sé, podrías cambiar las acciones d FaceBook a tu favor, por q me sigues a mi???».
Sencillo, porque el dinero no me es útil; ¿para qué lo quiero si no lo necesito? En cambio, si logro encontrar a alguien que me ayude, como tú… eso podría servirme más que el dinero.
Quieres decir q necesitas a alguien… Para???».
Una página, una que pueda ser visitada constantemente. Tal vez varias páginas. Creo que me serviría alguien como tú para esto, tienes el tiempo libre suficiente como para ayudarme, además de que busco a alguien en particular, y tú lo localizarás más rápido que yo.
Paginas, solo eso, por q no hackeas una ya existente???
Porque ya son mías, cualquier página que te llegue a la mente; y no solo eso, los dueños de esas páginas son personas como tú, a las que también contacté y las volví ricas y poderosas. Digamos que soy el dueño de esos seres.
Acaso estas Trolleandome??? Q sigue, dirás q eres el diablo y estas consumiendo almas, por eso FB y YouTube son tan conocidos, por q los creadores vendieron sus almas y ahora tienen lo q querían
No lo malinterpretes, no tengo nada que ver con algo sobrenatural. Te lo dije antes, soy Google, ¿acaso eso no te suena familiar?
Demuestralo viejo…
Vaya, se nota q eres google ¬¬…
Sé tus contraseñas, las biografías de tus páginas, con todas las modificaciones que les has hecho. Sé todo lo que has llegado a registrar entrando a mí, tu historial, incluso el eliminado. Mira esto, incrédulo… http://archives/map/register_ssxa44a2gghdfg12/g00gle_240394
Entré al enlace y este llevaba a la misma imagen del día anterior, lo que no demostraba absolutamente nada; aún seguía creyendo que era un hacker troll sin nada más que hacer, pero mi curiosidad era grande y no detuve la conversación:
Bien “Google” y q es lo q hare por ti???
Era un enlace que llevaba a una página vacía de fondo negro, nada especial. Entonces le pregunté:
Q con esto???
Necesita algo relevante, ¿no lo crees? Tal vez una imagen, algo como esas ventanas emergentes. Puede ser un enlace troll como Ooskar o Goatse.cx, algo que haga que la audiencia trabaje por sí sola.
Por q no subes tu imagen alterada, la d esta calle???
Buena idea, pero no puedo usar el registro de esa imagen hasta que suceda.
Suceda???» —pregunté algo impactado—. «Q debe suceder???
Lo que ves en la foto, su registro será el día miércoles de la semana que viene. De hecho, a la imagen la subirán desde tu cibercafé; es una fotografía tomada con un Sony Ericsson W580. Esta será tu evidencias, así sabrás que yo soy Google. Mientras tanto, me retiro. Pasado este suceso te contactaré, exactamente a las 4:22 p.m., para acordar lo que se subirá a nuestro sitio.
Mi amigo navegador se desconectó y me dejó pensando. La curiosidad de saber qué pasaría era grande en mí, así que esperé a ese miércoles.

Habíamos cambiado la ubicación del cibercafé hace dos o tres días, apenas comenzábamos a trabajar de nuevo cuando llegó mi jefe a mostrarme algo: era la foto de la que había hablado con g00gle_240394. Mi jefe me contó que tuvimos mucha suerte, pues hace un par de horas, hubo un accidente en la calle en la que trabajábamos anteriormente. Un tráiler de combustible se volcó y esto ocasionó una fuerte explosión. Mi jefe, emocionado, me pidió que me moviera de la máquina; vi lo que estaba haciendo y él estaba subiendo la foto, para después publicarla en sus redes sociales contando lo sucedido y la suerte que tuvo al irse de ahí. Eran las 4:20 p.m. y mi jefe seguía en la máquina, y pensé que él al fin lograría ver a g00gle_240394. Esto me alegró, pero de un momento a otro recibió una llamada, desconectó su teléfono del ordenador, el cual era exactamente un Sony Ericsson W580, y atendió la llamada. Colgando me dijo que ya se iba. Faltaba solo un minuto, por lo que le pedí que esperara, pero me contestó que no podía, que se tenía que ir urgentemente, y luego de que abandonó el establecimiento, el mensaje llegó. Le grité y le pedí que volviera, pero me dijo que fuera lo que fuera, tendría que esperar.
Miré el mensaje, era de g00gle_240394, y decía: «Hola de nuevo. El gran día llegó».
A decir verdad, me pareció extraño que lograra localizarme, tal vez haber cargado la imagen fue lo que delató mi ubicación, pero eso era lo de menos. Él había acertado en cuanto a lo sucedido, la fotografía era exactamente como la recordaba. Al ver que tardaba en responder, mandó otro mensaje:
¿Acaso no te alegras de conversar conmigo de nuevo?
No es eso —le dije—. Es solo que no me lo esperaba, bueno, tal vez en algun sentido lo esperaba, mas no estaba seguro de que volveriamos a estar en contacto…
Entonces, ¿estás listo?
Supongo, d q se trata?
¿Sabes lo que significa el término «snuff»?
Si, eso, lo paranormal y el gore son muy famosos en la red, claro despues d la porno…
Sí, eso pensé. Sé que has llegado a curiosear sobre todos esos términos, así que espero que estés listo para lo siguiente: http://hdakdfuyrkfisd2654gsaafd1f5dfsdfds5fds4fdf4ds5f4d5f4d5f
Entré al enlace… pero esta vez era algo más fuerte. Esta vez me sorprendió ver al que parecía ser mi jefe, muerto; pero no solo había sido asesinado como en cualquier homicidio, esa parecía la obra de un psicópata sanguinario. No pude mirar la imagen por mucho tiempo, la cerré casi de inmediato y le exigí que me diera una explicación:
Es lo que quiero en nuestra página.
No entiendo, debo fotografiar a un muerto y subir la imagen???
Algo así, pero no es tan sencillo…
No entiendo…
Tú eres quien debe asesinarlo.
COMO?!?!?!
No hay más explicaciones, sé que lo harás.
Y q si me niego???
No hay vuelta atrás, pues ya sabes de lo que se trata. Tu cuenta está hecha y ahora debes hacerlo si no quieres que tu registro sea dado de baja, o que nuestra página tenga algo así como… ¡TÚ en el lugar de ese cadáver!
Jajajajaja… esto es estúpido, no se por q t sigo el juego, vete al diablo!!! .l.
Cerré la conversación y llamé a mi jefe. Le dije que teníamos problemas con la luz, que se había ido y no volvía, a lo que él respondió con que cerrara en veinte minutos si no regresaba. Entonces cerré y me fui de ahí, no esperé que el tiempo pasara, solo esperé los veinte minutos una vez afuera para poder marcarle y decirle que iba a cerrar.
Estaba en mi casa y aún pensaba en la imagen y en esas conversaciones tan extrañas… Por la noche no pude dormir.

Al día siguiente llegué al trabajo algo tarde, estaba desvelado y aún seguía un poco asustado por lo sucedido. Hablé con mi jefe para informarle que no podía seguir trabajando ahí; me preguntó por qué, pero solo le mentí diciendo que era por mis estudios. Aceptó, pero me pidió que me quedara un par de días más para darle la oportunidad de encontrar a alguien que me reemplazara. Sin más remedio, me quedé. Él estuvo conmigo todo el día, así que no supe nada de g00gle_240394 en el transcurso de este.
Pasaron dos días más sin saber nada de g00gle_240394, pero aún seguía teniendo insomnio y terrores nocturnos. Sentía que me volvía paranoico, en especial cuando mi jefe salía o me dejaba solo.
Ese día llegó una chica que venía por el empleo. Era una chica linda, simpática y amistosa; jamás olvidaré cómo era ella antes, ese día que la conocí. Se llamaba Victoria, pero le gustaba que le dijeran Vicky. El mismo día le enseñé lo que debía hacer, pero no podía dejar de actuar como un maldito loco; me desconcentraba con facilidad y no podía hablarle tranquilamente. Me sentía nervioso, sentía que algún mensaje llegaría. Eso me hizo recordar que cuando comencé a trabajar en el cibercafé, mi amigo, que estaba en el puesto antes que yo, actuaba de una manera semejante, quizá porque él también había sido acosado por Google. Este le pidió que hiciera algo que no quería y mi amigo abandonó el lugar.
Cuando terminó nuestra jornada laboral nos fuimos juntos, y esta chica, algo preocupada, me preguntó si me encontraba bien, a lo que solo le comenté:
—¡Nunca, nunca…! ¡Escúchame con atención, jamás hables con alguien que no conozcas por chat, no lo hagas; Google te buscará y, una vez dentro, no habrá salida!
Luego de que dije eso, salí corriendo y me dirigí a mi casa. Estando ahí traté de localizar a mi amigo; comencé vía internet, pero no encontré sus antiguas cuentas en redes sociales, páginas de juegos ni correo electrónico, era un fantasma en la red. Mientras estaba buscándolo, pasó lo esperado. Un mensaje llegó, pero esta vez él solo dijo algo y se desconectó. Lo que decía el mensaje era: «Más vale que lo hagas, no corras el mismo destino que g00gle_010692: http://archive/g00gle_010692/fg1f5g4fgfd5g4sd8f4eq65f78ef4».
Mi curiosidad me llevó a una respuesta. El enlace me condujo a una clase de perfil de mi amigo. Anoté el número de su celular y apagué el equipo, pues no pensaba quedarme a esperar a que otro mensaje llegara. Marqué el número un par de veces sin obtener respuesta. Justo cuando dejé de marcar y estaba a punto de irme a la cama, una llamada entró. Contesté y era mi amigo, el cual me preguntó sólo una cosa:
—Dracko, ¿eres tú?
—Sí, soy yo viejo.
No sé cómo supo que era yo, pero no dudé en preguntarle si nos podíamos ver. Aceptó y acordamos un punto.
Al día siguiente me encontré con mi amigo, el cual lucía tranquilo, transmitiéndome la idea de que no pudo pasarle nada de lo que a mí me estaba pasando. Él comenzó la charla.
—Cuánto tiempo, vaya, apenas y me acordaba de ti. ¿Cómo has estado?
—Bien, yo… —No quise hacer más rodeos y fui al grano—. Viejo, ¿qué sabes de un usuario llamado google_240394?
Su cara se puso pálida, y solo me dijo:
—Me tengo que ir, fue un error venir a verte, tengo que trabajar…
—No, espera, necesito respuestas. Ese usuario me está acosando, amenazando y, por lo visto, lo conoces. Dime qué es lo que sabes, por favor.
Estaba a punto de retirarse, estaba de espaldas, y me contestó con lo siguiente:
—No sé por qué olvidé mencionar eso cuando tomaste mi empleo, pero ahora lo siento, en serio, por segunda vez… Por ti…
—¿A qué te refieres? —pregunté curioso.
—Lo siento, pero creo que para remediarlo puedo terminar lo que empecé ese día, antes de que ellos vuelvan…
Una mirada psicópata y una sonrisa demoníaca se dibujaron en su rostro. Entonces se lanzó hacia mí gritando que en serio lo sentía. No supe qué hacer, solo intenté defenderme; pero cuando estaba sobre mí y yo estaba en el suelo, un extraño sujeto encapuchado se acercó a nosotros y golpeó fuertemente a mi amigo, quitándomelo de encima. Lo escuché decir:
—Tu tiempo se acabó, es hora de cerrar sesión.
Una vez que estuve libre intenté escapar, pero escuché un tremendo grito desgarrador y, al voltear, vi a mi amigo pidiéndome ayuda; el sujeto encapuchado lo había atravesado con un fierro, con el cual después lo golpeó frenéticamente. Solo fui capaz de seguir huyendo, y cuando empecé a correr, un mensaje llegó a mi celular. Era Google nuevamente, me había enviado un mensaje, que decía: «Vuelve y tómale una fotografía, solo eso. Te he facilitado el trabajo, ¿no lo crees?».
No recuerdo bien qué fue lo siguiente que hice ese día, pero al día siguiente, cuando logré reaccionar, estaba en la ducha. Salí y un mensaje estaba en mi celular. Este tenía un número que, según decía, era una cuenta bancaria en donde podría cobrar lo ganado por la fotografía. Decidí ignorarlo y apagué el celular… solo quería olvidarlo todo.

Pasó un año, pensé que ya había acabado para mí, pero solo lo había ignorado por un largo tiempo. Había dejado de utilizar teléfono celular con cualquier servicio de internet, borré mis cuentas de cualquier servicio en línea y me alejé de la web en cualquier aspecto desde ese día. No había olvidado por completo lo sucedido, pero al menos intentaba no recordarlo.
Un día, sin embargo, en mi nuevo trabajo en un supermercado —uno de esos que abren las veinticuatro horas del día—, vi a Vicky. Eran alrededor de las dos de la madrugada. Sabía que era ella, jamás olvidaría a nadie involucrado en ese maldito evento. Vicky se veía más demacrada y muy alterada, no era la chica que yo recordaba. Entró al lugar y me miró fijamente, para luego decir:
—Al fin te encuentro…
Su cara estaba pálida, tenía unas ojeras tremendas y simplemente se veía devastada; su voz sonaba entrecortada y débil. Preocupado, le pregunté:
—¿Qué sucede… Por qué me buscabas?
No entendí bien lo siguiente que dijo, pues se desplomó en el piso, desmayada. Lo que creí entender fue… «Google»…
La llevé a mi auto y la recosté ahí, y pedí permiso para irme. Llegué a casa, recosté a Vicky en mi cama y yo me quedé en el sofá. No podía conciliar el sueño, todas esas memorias llegaban a mi mente una y otra vez, nuevamente, sin dejarme en paz. Decidí leer algo para ignorarlo, desde que me había alejado del internet solía leer regularmente novelas de misterio y cosas de detectives; me gustaba distraerme con eso, pues con los libros me sentía seguro. Apenas comenzaba a leer cuando escuché a Vicky gritar. Corrí a mi habitación y miré a todos lados; ella estaba sola, pero me dijo con voz débil que necesitaba mi ayuda. Aún tenía dudas sobre por qué me estaba buscando, así que la cuestioné:
—¿Por qué dices que me buscabas?
—Ellos vendrán por mí. Me dio curiosidad saber quién era ese sujeto que me hablaba por el chat… debí haberte hecho caso. Él me dijo que ahora no habría salida.
—¿Salida de qué?
—Ahora… debo asesinarte, o ellos me mataran a mí.
—Dime que tú no…
Me sorprendió lo que escuché, pero decidí ayudarla, pues supuse que ella también se había involucrado con Google. Le pregunté más, pero solo me mostró una foto con su celular y se quedó dormida; estaba débil y necesitaba descansar. Miré la foto y me sorprendió, era una de un homicidio similar al de la foto que yo recibí. Era yo, solo que me veía muerto en un sentido más… tranquilo, ya que solo se podía apreciar una porción de mi cuerpo con un agujero de bala en la frente, algo más práctico que la última vez. El nombre del archivo era «http://user_g00gle_240394_29_april_2012/fghfd1g4g56df2d1f2a4ff4af1d2/log_out».
Miré la URL un rato y me percaté de algo que no había notado en otros enlaces enviados por este asesino: estaba escrita lo que parecía ser una fecha. No podía dormir, no dejaba de mirar a Vicky, en lo único que pensaba era en que sería asesinado. Me senté en el piso, y después de un rato de lectura e incómodos pensamientos, logré dormir.
Un olor nauseabundo me despertó. Estaba recostado en mi cama, y esta se encontraba bañada en sangre. Me volteé y vi a lo que parecía ser Vicky acribillada. Sus órganos estaban esparcidos por toda la habitación, al igual que su sangre. Cuando logré salir del shock me levanté rápidamente de la cama y noté que su celular estaba en mis manos. Tenía puesta una dirección que me recordó mucho a lo que Google llamaba «nuestra página», solo que la URL se parecía a la del día anterior, con un pequeño cambio: «http://user_g00gle_240394/change/g00gle120393_03_april_2012/fghfd1g4g56df2d1f2a4ff4af1d2/log_out».
Había otro «g00gle» con números escrito ahí. Decidí ver la página y esta solamente contenía un video sin título. Lo reproduje, la calidad era de no más de tres pixeles. Supuse que g00gle_240394 lo había editado para que se viera más tenebroso, pues al comenzar se veía a la silueta de alguien con un cuchillo acercándose a la cámara y comenzando a rondar el cuarto. No logré ver mucho hasta que encendió una pequeña luz, tal vez una lámpara; en cuanto esto sucedió descubrí que era mi cuarto.
Enfocó la cama en la cual se encontraba Vicky, pero no estaba dormida, ella estaba despierta, atada a la cama y amordazada. La silueta se acercó y, en un acto al estilo Guinea Pig: Flowers of Flesh and Blood enfocó una pequeña mesa que tenía en mi cuarto, sobre la cual había un mantel, una charola y varios utensilios de uso cotidiano, asemejándose grandemente a esas mesas que los cirujanos utilizan para colocar sus herramientas. Sabía exactamente lo que sucedería, pues el cadáver de Vicky ahora se encontraba en mi cuarto.
El video continuaba, el sujeto que grababa hacía que pareciera que el espectador era quien estaba haciendo todo, como una clase de video en primera persona. Tomó un desarmador con una mano, se acercó lentamente a Vicky, acarició su pierna y con un violento movimiento lo clavó en su pierna; grabó su rostro, podía apreciarse el dolor en ella y apenas se escuchaban sus gritos y gemidos. Volvió a la toma del desarmador y comenzó a retorcerlo dentro de su pierna, y luego lo sacó y volvió a la mesa, de la cual tomó un cuchillo de cocina común y corriente. Se acercó nuevamente a Vicky y esta vez no la lastimó, solo utilizó el cuchillo para desgarrar su ropa.
La siguiente escena fue algo tan sumamente enfermo, que la única forma en la que podría describirla es diciendo que esta escena parecía sacada de la película A Serbian Film. El sujeto puso la cámara en un lugar donde pudiera grabarse lo que hacía claramente. Durante unos veinte minutos, aproximadamente, violó a Vicky, pero eso no fue nada. Después de ese tiempo, el sujeto comenzó a acuchillarla en sus extremidades de modo que solo la hería sin matarla, y de un momento a otro, se detuvo; Vicky lloraba y se vio al sujeto levantarse tranquilamente y salir de escena, para después entrar con una licuadora. La conectó y la encendió, entonces introdujo la mano de Vicky y la destrozó por completo, pudiéndose ver cómo la sangre y trozos de carne desechos volaban por la habitación.
La agónica escena se cortó y se vio un ángulo distinto, como si alguien más grabara. Se veía el brazo de Vicky, el que no fue dañado por la licuadora, y una segueta comenzó a hacer un corte brusco en él; Vicky intentaba zafarse, pero ese forcejeo inútil solo causaba que el sujeto hiciera varios cortes adicionales en su brazo. Cuando estaba a punto de cercenarlo, ella lo arrancó de un jalón y se escuchó un grito tremendo; a pesar de que estaba amordazada, los gemidos eran fuertes y me hacían sentir el dolor que ella sintió.
El video comenzó a fallar, y luego de unos segundos, la toma se recuperó, solo que esta vez Vicky ya estaba muerta y totalmente desecha, era solo un tronco sin forma alguna en su rostro y desgarrada de cualquier otra parte. La toma se veía borrosa y se adelantaba sin razón alguna, para después regresar a donde nos habíamos quedado. En esta toma Vicky ya no estaba amordazada, y lo poco que le quedaba de brazo estaba desatado. Parecía que ella se quitó la mordaza como pudo, pues su cara estaba llena de sangre. Con voz débil pedía clemencia, que la dejara ir, solo lloraba y rogaba por ser liberada. En esta toma la calidad había subido impresionantemente, como si una cámara profesional hubiese grabado sus últimas palabras. La toma hizo un corte rápido y la siguiente escena volvió a ser de una calidad baja y de aspecto turbio. A pesar de que no quería continuar viendo, el morbo no me dejaba reaccionar.
Para empezar, la escena tenía un ángulo poco apreciable, y se oían gritos, como si la tortura se hubiera vuelto sumamente sádica. Se podían ver ligeras salpicaduras de sangre y se escuchaba algo así como un motor o una máquina escandalosa, y sonaban herramientas cayendo al suelo, un caos total. Lo único que se podía ver con la pobre iluminación era un par de siluetas peleando, pero cuando la imagen se volvió clara, la cámara cayó al suelo y solo se veía la toma de unos pies. En esa toma vi caer lo que parecía ser una pierna cortada, un par de entrañas y mucha sangre. Entonces un pie del atacante pisó la cámara y esta se quedó filmando estática por aproximadamente unos diez segundos.
El video se cortó y se pudo ver al sujeto que hizo todo vistiendo una capucha. Lo primero que pensé fue que ese extraño sujeto era Google, pero no pude verlo bien, la capucha lo cubría y apenas había un poco de luz en la toma. Esta escena entrecortada del asesino duró poco más de unos segundos. El video terminaba ahí, se cortó bruscamente y la página se cerró de manera automática. Una sensación escalofriante recorrió todo mi cuerpo. Miré a Vicky y solo comencé a llorar. Entonces recibí un mensaje en su celular, que decía: «Hola de nuevo».
Era Google. Decidí contestarle, diciéndole:
Cómo pudiste hacer esto? Pensé que me habías dejado en paz, por qué le hiciste esto a Vicky? Ella no debía estar involucrada!
Lo sé, pero ella se involucró y le tocó perder. Deberías dar gracias de que aún seguimos activos; es decir, ella simplemente cerró sesión en su vida mortal, pero estará conmigo para siempre, su video la ha inmortalizado.
MALDITO ENFERMO!!!
Dije eso y apagué el celular. Salí de la habitación y decidí irme de ahí. Tenía que investigar lo que estaba pasando, quién era Google en realidad y por qué aún me involucraba en esto después de tanto tiempo. Los libros que había leído todo ese tiempo me dieron ideas de cómo investigar sin involucrar a la policía, pues si lo hacía ellos pensarían que fui yo quien mató a Vicky y quien cometió el asesinato de mi amigo.
Hice una pequeña maleta con algo de ropa y solo llevé mi laptop, a pesar de que había pasado tanto tiempo desconectado, pues tenía otras intenciones aparte de solo investigar. Por último, tomé las llaves de mi auto, y me fui.
Conduciendo llegué a las afueras de la ciudad. Había un hotel, esos que están a la mitad de las carreteras, que solo tienen cuartos básicos y no cobran mucho; era un lugar perfecto para ocultarme mientras averiguaba quién era este asesino. Renté una habitación por un tiempo y comencé mi investigación. Google empezaba a hastiarme, hablaba de nuestra página y del dinero que estábamos ganando. No contesté nunca, pero él insistía y hacía distintas preguntas, como si ya no me importaba esto o si le ayudaría con lo siguiente. Pude ignorarlo por casi una semana, pero mi estado mental me estaba llevando demasiado lejos, ya debía dinero al hotel y mi trabajo, aunque no lo quisiera, seguramente lo había perdido. Fue entonces cuando tomé medidas drásticas: esperé que Google se conectara y le pedí mi cuenta bancaria. Él accedió de inmediato y la apunté y fui a un banco. Una vez ahí traté de retirar dinero de la supuesta cuenta, pero no había registro de ella. Siempre pensé que era una mentira y por esa razón no me molesté, pero al volver a casa, Google me había escrito. El mensaje decía: «¿Eres estúpido? Si querías retirar el dinero me lo hubieras dicho, yo mismo lo haré por ti. No vuelvas a involucrar a nadie más en esto, podrían saber de mí. Y aparte, ¿cómo un niño de diecisiete años va a retirar dinero así como así?».
Leí eso y escuché la puerta. Al abrir, era un sujeto con un paquete. Me lo entregó y me pidió mi nombre para registrarlo como recibido, pero le dije que no esperaba paquetes. Luego me preguntó todos mis datos, los cuales estaba leyendo desde una hoja que describía la entrega. Todos los datos eran reales, pues hasta la ubicación actual —el hotel— la tenía indicada en esa hoja. Decidí tomar el paquete y me pidió escribir mi nombre de nuevo. Cuando comencé, me dijo:
—No señor, su nombre de usuario, por favor.
—¿Usuario? —le pregunté extrañado.
—Como ejemplo, mire el mío.
Miré lo que llevaba bordado en su playera. Me dejó en shock, porque lo que decía era: «g00gle_301193».
Me hizo reaccionar y me pidió nuevamente mi nombre de usuario. Le dije que no sabía de lo que hablaba.
—Ambos sabemos que eso es mentira, usted cuenta con un nombre de usuario otorgado por alguien que también ya debe conocer. ¿Acaso acaba de iniciar sesión?
Solo escribí lo primero que me llegó a la mente, «g00gle_240394». El sujeto me dio las gracias y se retiró.
Estaba mirando el paquete, no quería abrirlo, esperaba encontrarme con la cabeza humana de algún familiar o tal vez un video de otro homicidio. Decidí ponerlo en la mesa y no lo abrí en todo el día.
No dejaba de pensar en lo que ese tipo había dicho, «nombre de usuario»… En ese momento volvieron a tocar la puerta. Antes de abrir me asomé por la mirilla; era el dueño del hotel. Lo hice pasar y me dijo que tenía que pagarle la renta o si no me echaría de ahí. Conversé con él y lo convencí de no echarme, le dije que tendría el dinero pronto, que no podía dejar que me echara. Justo cuando cerré la puerta y encendí la máquina, vi un mensaje de Google: «Abre el paquete, es tu parte. Espero que sea suficiente».
Abrí con miedo el paquete, pero solo era una cámara. La reconocí de inmediato, era la cámara que había comprado tiempo atrás; estaba sucia y llena de algo que parecía ser sangre. No me preocupé por eso y vacié la caja, encontrando también una pistola y un sobre con una tarjeta de débito. Realmente necesitaba el dinero, así que la tomé y salí a un cajero.
Eran las once de la noche. Llegué a un cajero, y al mirar la cantidad que la cuenta de la tarjeta tenía, casi no lo creí: tenía más de medio millón de pesos. Solo retiré lo necesario para pagar el hotel y regresé, le pagué al dueño y me fui a mi cuarto. La laptop seguía encendida, y como si supiera que había regresado. Google me escribió nuevamente:
Veo que estás más relajado ahora.
Supongo, pero aún debo saber… quién diablos eres tú?
Buena pregunta, pero ¿por qué no te evitas la fatiga y vuelves a la escena del crimen? Ahí puedes obtener respuestas, ¿no lo crees?
Tenía razón, salí tan rápido de ahí que jamás me di el tiempo de observar con atención. No escribí nada más y fui en dirección a mi antiguo departamento. El olor se había vuelto penetrante, solo abrí la puerta y mi estómago se revolvió a tal grado que me ocasionó el vómito. Soporté el hedor y comencé a explorar el sitio; aún estaba el cuerpo de Vicky, su celular… todo como lo recordaba. Pero después recordé la cámara, la que venía en el paquete. ¿Cómo pudieron entregármela si esta debería seguir por aquí arrumbada? Encendí mi laptop y Google estaba listo para chatear:
¿Qué dices, tus inútiles libros no te enseñaron nada?
No es eso, sé que tú eres quien hizo esto, vi a un encapuchado cuando murió mi amigo, ese mismo sujeto aparece en el video. Por qué no das la cara? Sé que eres tú…
Y entonces… ¿por qué usas la misma capucha?
Qué dices? —pregunté asombrado—. Qué maldita capucha?
Entre tus cosas, ahí la encontrarás. ¡Busca bien, Sherlock!
No dijo nada más y se desconectó. Volví a mi habitación y busqué desesperadamente; grande fue mi sorpresa al encontrar entre mi ropa la capucha de la que Google hablaba. No podía creerlo, no podía ser cierto. ¿Entonces por qué veía a otros sujetos? No busqué respuestas en ese momento, solo salí y deposité un mes de renta en mi antiguo departamento para evitar que alguien sospechara e intentara entrar. Volví al hotel, en ese momento el dueño me detuvo y me cuestionó:
—¿De dónde sacaste el dinero, hijo? No tenías nada, y en un par de horas saliste y conseguiste el efectivo. Dime la verdad, ¿a qué te dedicas?
No contesté, ni siquiera lo miré, simplemente caminaba hacia mi cuarto. Una vez en la puerta, busqué mis llaves para abrir, pero él seguía haciendo preguntas:
—Vamos, dime, ¿acaso eres ladrón? Si no me contestas me veré obligado a llamar a la policía.
Eso me asustó, así que solo abrí la puerta y la cerré con llave. El dueño seguía tocando y gritando, y luego se fue diciendo que iría por la policía. Lo único que pensé fue en contactar a Google, pero no sabía cómo localizarlo y estaba desconectado. Me desesperé, no sabía qué hacer, ahora estaba solo. Tal vez comencé a volverme loco y aluciné todo. En el mejor de los casos, nada de esto había pasado.
Miré a mi alrededor y el cuarto en el que estaba, la ropa que traía y… me recordó la imagen de mi muerte. Hasta tenía con qué dar el disparo. El arma a la que no le había tomado importancia estaba en el paquete, pero cuando la tuve entre mis manos, llegó un mensaje, una URL. La abrí, esperando en ella una salida. Era nuestra famosa página, en esta había una imagen de un hombre con un par de tiros en el cuerpo y unos cuantos golpes. Al ver bien la foto, vi que ese cuarto me era familiar, era el cuarto en el cual residía el dueño, su cabina. Podía ver el mostrador y al dueño ahorcado con su teléfono… Tomé la cámara del paquete y preparé el arma, bajé las escaleras y, cuando llegué, actué de manera inconsciente. Lo poco que puedo recordar es al dueño con el teléfono en la mano preguntándome qué hacía, que llamaría a la policía.
Al día siguiente amanecí en la carretera, recostado en el asiento trasero de mi auto y en medio de un camino distinto. Estaba tapado con la capucha negra. Fue entonces cuando comencé a aceptar que, en realidad, era yo el asesino. Pero no podía creerlo aún, después de todo, pude ver a más encapuchados, no era el único. El sujeto que me entregó el paquete, mi amigo y Vicky, ellos también se habían involucrado.
Mi laptop estaba encendida y la cámara conectada, un video acababa de ser subido a nuestra página, junto con la imagen que había visto el día anterior. Reproduje el video para refrescar mi memoria.
Comenzaba conmigo grabando lo último que recordaba, el dueño del lugar junto a su teléfono, amenazando con llamar a la policía. Me le acercaba lentamente, grabando con la cámara frente a mí. Luego coloqué la cámara en el mostrador y esta enfocaba solo una parte de nuestro abdomen. Se escucharon amenazas y gritos por parte del dueño del hotel, después hubo un forcejeo por la bocina del teléfono seguido de un golpe hecho con la misma. Al alejarnos un poco de la cámara pude ver una toma más amplia, al menos se nos veía del torso para arriba. El dueño estaba sangrando de la cabeza, tenía una pequeña herida, se le escuchaba amenazar y en su cara se apreciaba el terror. Comenzó a retroceder poco a poco, y al intentar escapar tiró la cámara, permitiéndome ver ahora desde un ángulo que mostraba de los pies hacia arriba. Me podía ver ahorcando al dueño con el cable del teléfono, para luego soltarlo tras unos segundos y dejarlo caer al suelo, justo encima de la cámara. Estaba sobre sus manos y rodillas, se pudo ver cómo tomó la cámara e intentó huir con ella, y mientras se veían varias tomas de él corriendo, se oyó un disparo. Cayó y la cámara grababa al dueño viéndome caminar poco a poco hacia él.
La toma se cortó, para ser retomada con el dueño sentado en el piso de su cabina. La cámara volvió a ser posicionada en el mostrado. Esta vez, el hombre estaba sudando y sangraba, el cable del teléfono estaba alrededor de su cuello, y lloraba, pidiendo débilmente que lo dejara ir, que no lo matara; pero el cable alrededor de su cuello se apretó y él comenzó a forcejear para liberarse. Se podía ver cómo moría lentamente, y, justo cuando parecía que ya no tenía fuerzas para seguir luchando, varios disparos terminaron con su dolor. La cámara se movió, grabó mis pies y luego el video terminó.
Google me escribió en ese instante: «Bien hecho, al fin aceptaste tu objetivo. Solo por eso, mira: http://user_g00gle_240394_29_october_2013/fghfd1g4g56df2d1f2a4ff4af1d2/log_out».
La dirección me llevaba a una imagen en la que aparecía yo nuevamente, pero esta vez en un sitio distinto, parecido a una calle, tal vez una avenida. Me mostraba como si hubiese sido atropellado. Entonces le pregunté:
Qué significa esto?
Eso no es nada más ni nada menos que la fecha de caducidad de tu cuenta.
A qué te refieres?
No respondió, así que lo presioné:
Te hice una pregunta, RESPONDE!
Bien, g00gle_240394 es tu cuenta. Como puedes notar, si no es que ya lo has hecho, los números son tu fecha de nacimiento, mientras que «Google» soy yo. Los ceros significan mi posición, no tengo fecha de nacimiento, por eso llevo solo un par de ceros. La URL que te envié y la que viste en el celular de Vicky no eran más que la fecha de caducidad de tu cuenta, lo que significa que cuando esa fecha llegue, te pasará lo que a g00gle_010692 y g00gle120393: sus cuentas caducaron, pero iniciaron sesión conmigo. Gracias a ti, ellos ahora son, en cierto sentido, inmortales. ¿No es eso lo que muchos como ustedes, los mortales, desean?
Entonces qué tenía que ver el sujeto que maté anoche, él también tenía relación con todo esto?
Digamos que no fue su día de suerte, porque cuando un usuario, como tú anoche, está a punto de cerrar sesión, tiene la oportunidad de renovar su cuenta por un tiempo determinado. Ese tiempo es lo que le quede de vida a alguien más…
Qué, quieres decir que tomo su vida como en Destino final?
No, porque no puedes matar a lo imbécil o a quien tú quieras; debes matar a quien yo diga. Vicky debía matarte a ti, pero como su noble corazón no accedió, ella cedió en tus manos, pensando que la ayudarías. Quién lo diría, ella confió en ti y tú la acribillaste. Usuarios como tú hay pocos, por eso me agradas.
Entonces por qué mi amigo intentó matarme y terminó muriendo?
Porque es supervivencia del más apto. El día que te conoció debió matarte para renovar su cuenta, eras su renovación; pero tuviste suerte, se hizo el listo al querer alejarme en cualquier aspecto. Por eso mismo después te contacté, para que lo localizaras y cerraras su sesión de una vez por todas.
Quieres decir que al igual que Vicky…
Era blando, pero tú eres un chico duro, por eso dije que me agradas.
No podía creer lo que ese sujeto me estaba diciendo. Aún tenía dudas, no todo estaba claro, así que le pregunté sobre el futuro, por qué él lo sabía:
Qué hay de tus predicciones, cómo sabes lo que pasará, cómo pasará y demás detalles?
Sencillo, porque en realidad no existo, soy solo una proyección de tus memorias, recuerdos y futuras imágenes, algo así como un déjà vu. Si no me crees, recuerda lo que hiciste ese día antes de cambiar de establecimiento en tu trabajo: en realidad tú ocasionaste ese accidente, y de alguna manera, en tu mente, ya estaba planeado que todo esto pasaría. Mira este enlace, un detective incluso nos lleva seguimiento, pero el muy imbécil aún no sabe cómo trabajamos y cree que yo realmente existo. Eso querías escuchar, ¿no?
Al entrar vi que era la página de la policía. Ese archivo hablaba de todos los homicidios que yo había cometido; al parecer fueron recuperados los videos, fotos y demás evidencias, pero aún eran casos sin resolver. Venían las URL de las que Google me habló tanto, y entre ellas nuestra página y distintas páginas con ventanas emergentes, las cuales son usadas por trolls en la red. Al intentar acceder eran enlaces rotos, pero eran las URL que Google me había enviado, de nombres largos, con números y letras sin sentido. Entre estas se encontraba la del video de Vicky; no entré porque no se podía, pero sabía que era el video, pues había un nombre de usuario en la dirección.
Me sorprendió todo eso y darme cuenta de que, en realidad, Google nunca habló conmigo ni me obligó a nada. Yo me había vuelto loco, o eso quería hacerme pensar; pero seguía sin entender por qué había visto a un tipo encapuchado aparte de mí, y por qué Vicky y mi amigo hablaban de un «Ellos». Tal vez se referían a esos tipos encapuchados. No recuerdo haber hecho algo para ocasionar ese accidente en mi antiguo empleo, además, las conversaciones borradas y esas trampas… las hizo desde el inicio.
Pero pensar en esto no me sirvió, no obtuve respuesta alguna. Decidí entregarme, así podría conseguir respuestas, pero antes busqué al detective de la página con la esperanza de que él supiera algo de Google.
Mis cuartadas para evidenciar que yo no era el asesino y demás pruebas me salvaron de ir a prisión. Tuve, en algún sentido, la suerte de terminar en un manicomio.
Al menos solo estuve ahí por poco tiempo, nadie me explicó bien por qué me dejaron salir en enero del año siguiente, siendo que mis crímenes debieron llevarme a una vida encerrado en ese lugar o una cárcel, aun siendo menor. Al fin sentía que estaba a salvo, pude olvidar o al menos ignorar todo. El detective creía en mí y me apoyó en todo ese tiempo; recuerdo que en nuestra última charla estaba muy enojado y algo neurótico, quería al asesino y yo era el único sospechoso capturado. Entonces, bajo toda esa presión, recordé algo.
—Mi laptop…
—¿Cómo?
—Las evidencias, todo está en mi auto. No sé de dónde apareció la cámara, al igual que mi laptop debía estar arrumbada, pero ahora que lo recuerdo, jamás la vi. No estaba en la caja, no, la tenía mi hermana…
—¿Evidencia?
—Lo escribí, tengo la entrada, él no lo sabe. Está en mi laptop. Jamás le conté sobre esto a nadie, pero me prometí que quien pudiera ayudarme, podría saberlo.
—¿De qué hablas, hijo? —Su actitud cambió radicalmente, y me propuso un trato—. Espera, ¿quieres decir que cooperarás para cerrar este caso? Ayúdame y yo te ayudaré a ti, puedo sacarte, pero debes probármelo todo.
Recuerdo que escribí un pequeño diario, algo así como una bitácora en mi estancia en el hotel, pero todo quedó guardado en mi laptop y una página que creé con todo ese tiempo libre. De alguna manera sabía que Google no accedería a esta, pues hice todo lo posible para ocultársela. Escribí todo esto en caso de que alguien creyera en mí y me pudiera ayudar. La única persona aparte de mí que sabía de esto ahora era el detective, pues, para empezar, no tenía mucho contacto con mi familia desde el día en que me emancipé. A decir verdad… no tenía mucho contacto con muchas personas. Salí de ese lugar, pero no supe bien por qué.
El día de hoy estaba en mi trabajo, de nuevo en un cibercafé. Entonces un sujeto que se presentó como el abogado que logró sacarme del manicomio entró al lugar y me dijo que jamás tocara el tema con el detective de nuevo, si no quería que lo suspendieran de por vida. Me entregó una tarjeta y se fue. Salí con la tarjeta en la mano y la miré, era una tarjeta en blanco, y del otro lado solo decía «g00gle_220175». No me lo podía creer, pero en ese preciso momento entré y vi un mensaje en la computadora: «Me eres muy útil, no podía dejar que te pudrieras en un manicomio o cualquier calabozo… ¿Estás listo para lo que viene?».
Quería ignorarlo, pero aún dudaba: en este nuevo trabajo, la máquina del administrador, es decir, en la que yo estaba, era reconocida como la famosa «PC 0», la máquina desde la cual Google comenzó a hablar conmigo por primera vez. Por lo tanto, si era yo mismo, estaba loco desde un principio y por eso el día que le pregunté en dónde estaba me dijo que estaba justo en donde yo estaba. Sin embargo, el detective me mostró pruebas de su existencia.
Lo único que hice fue chatear de nuevo con él. Estaba muy confundido, y respondí:
Quién eres en realidad? Por qué me confundes de esta manera? Si eres yo, por qué eres tan inhumano? Yo jamás podría estar tan enfermo. En dónde estás en realidad? DIME LA VERDAD!
Muchas preguntas como para llevar tanto tiempo de conocernos, ¿no lo crees? ¿No crees que eso ya lo deberías saber?
Solo respóndeme!
¿Qué quieres oír?
Para empezar, por qué me sacaste del manicomio? Si es que en realidad fuiste tú quien lo hizo.
Ese detective es una molestia, si te dejaba ahí, lo hubiera echado a perder todo.
Entonces sí eres real? Porque si tú fueras yo, como me hiciste creer… yo jamás hubiera podido salir solo de ahí.
Digamos que fueron contactos que tenía guardados, pero al igual que tú, ahora tienen su cuenta y deben estar activos constantemente, a menos que quieran ser dados de baja… de por vida.
Entonces sí hay muchos más?
Claro. Como te mencioné el día en que empezamos a conocernos, muchos son ricos y poderosos solo por hacerme caso. Con sus sacrificios, por supuesto, pues nada es gratis en esta vida. Unos más solo fueron registrados para hacerme un par de favores, algunos otros siguen sirviéndome. Los mejores y más afortunados cerraron sesión, para después iniciarla en nuestra página y así ser inmortalizados.
Eres real, no estaba loco, eres ese encapuchado?
Me has tenido frente a ti más de una vez. Así como tengo muchas páginas, también tengo millones de usuarios. No eres único, pero sí de los más útiles.
Y por qué me hiciste pensar que eras yo?
Solo te diré una cosa: mi humanidad empieza donde termina la tuya.
Se desconectó y salí a fumarme un cigarrillo para calmar mis nervios. Noté que la calle en la que estaba era exactamente la misma de la foto de mi muerte, y al otro lado de la calle había un sujeto encapuchado. Con algo que parecía un celular entre sus manos. Me sonrió de manera grotesca y se fue. Esta vez no sentí miedo, ni decidí hacer nada, pues nadie a mi alrededor lo hacía. Al parecer, nadie notaba su presencia, que poco a poco desaparecía. No hice nada, después de todo, ahora no era más que una marioneta. Con menos dudas en mi cabeza me sentía más tranquilo, tal vez solo era momento de esperar para ver qué pasaba. No sé si todo esto ha sido real o producto de mi imaginación, lo que sí sé es que, por lo que he pasado, lo más probable es que si no hago lo que se me ordena, el que tendrá que cerrar sesión… seré yo. Pero yo… debo seguir conectado.
Todo esto fue sacado de un reporte del detective que ha seguido el caso de manera no oficial por más de siete años. En el reporte también están archivados los distintos casos de otros usuarios y varias anotaciones del detective, como de los homicidios sin resolver y la existencia de usuarios desde que Google comenzó a volverse un buscador famoso hasta la fecha. Por ahora no es un caso olvidado, el detective encontró este archivo en un sitio llamado «nuestra_pagina.com». En este se encuentran varios escritos parecidos, acompañados de videos al final en los que se muestra cómo cada uno de los usuarios ha «cerrado sesión» de manera explícita. Todos los usuarios cuentan con el nombre «g00gle» acompañado de su fecha de nacimiento, y en los videos se agrega la fecha de su muerte. La página también contiene imágenes y videos de distintos homicidios que son casos sin resolver.
El detective encontró la página con dificultad, pues las URL de cada video, imagen o escrito cambian una vez que han sido vistos. Las ventanas se cierran automáticamente, y aunque se copie la URL, al intentar reingresar a ella el buscador no encontrará nada. El escrito anterior fue copiado y pegado por el detective como evidencia, y este afirma, por las fechas desplegadas en el sitio, que el autor de dicho escrito es el único usuario que sigue con vida. Ya que el detective pudo tener contacto con el usuario g00gle_240394 cuando este estuvo internado en el manicomio, todavía no se da por vencido. Tras su desaparición solo tuvo contacto con él por sus entradas en línea. Por ahora se le busca como el único y principal sospechoso, de nuevo.